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Posts Tagged ‘zona cómoda’

Después de muchos días con la prioridad puesta en otros menesteres, incluido el de sanar un resfriado de campeonato, y sin haber tenido tiempo para poder dedicarme al blog, adelanto un artículo que escribí para la revista Salud Vital en el año 2007, mientras me dedico a redactar un post futuro en el que poder presentaros, con la máxima profundidad que se merece, el hermoso proyecto de noûs-formación, al que tengo el honor de contribuir. Confío en que os resulte interesante:

Las emociones generan una serie de substancias químicas que pueden resultar adictivas. Aprender a controlarlas forma parte del proceso de mejora y crecimiento personal.

Las emociones son respuestas adaptativas, necesarias para la supervivencia, e  implican a todo nuestro organismo. Según los neurocientíficos, son la respuesta fisiológica, orgánica, automática y química que generamos ante los estímulos externos o situaciones. Solemos confundirlas con los sentimientos, aunque éstos sucedan, en realidad, en el ámbito mental.

Todos los seres, cuando nacemos, somos tiernos, dúctiles e impresionables. O sea, que llegamos a la vida perfectamente equipados para el aprendizaje. Imaginemos nuestro cerebro como un prado de trigo dorado. Un campo virgen que van a recorrer las primeras neuronas en forma de niños jugando al escondite. Si lo vemos desde arriba, observaremos que los niños, cuando pisan el trigo por primera vez, abren pequeños caminos. Estos senderos, abiertos completamente al azar, son los mismos que luego utilizarán para llegar más rápido a su destino, en forma de atajo. Y en este recorrerlos una y otra vez, están creando lo que llamamos la zona cómoda o de confort, el camino recurrente, el de la costumbre y la posible adicción. Estos caminos o senderos también contienen los estados emocionales, junto con su carga química, que recorremos cada vez que vivimos situaciones parecidas a las que hicieron el trazado en nuestro cerebro.

Cómo creamos una zona cómoda

Imagínate que alguien te trata injustamente o de forma inadecuada. Sientes cómo hierven tus emociones y cómo crecen el enfado, la rabia y la ira dentro de ti, pero callas y no dices cómo te sientes ni pides que cambie su forma de actuar.

De esa manera, activas la química de la represión, impotencia y frustración, haciendo que ese malestar inicial se vuelva contra ti y aparezcan la queja y el lamento: “Siempre me pasa lo mismo, no tengo carácter, soy débil, todos abusan de mí, soy una persona muy desgraciada, incomprendida, nadie se imagina lo que sufro”.

Como consecuencia de todo ello, nuestro cuerpo produce la química de la tristeza y el pesimismo, tan dulce, tan cómoda y, por tanto, tan adictiva y peligrosa: “Siempre será así, tendré que acostumbrarme.”

Si quieres conocer cuáles son tus zonas de confort emocionales, reflexiona sobre tus sentimientos:

  •  ¿Te enganchas con facilidad a pensamientos tristes y pesimistas?
  • ¿Acostumbras a quejarte y a lamentarte por todo?
  • ¿Te callas ante lo que consideras injusto y luego te refugias en el silencioso “pobre de mí”?
  • ¿Te enciendes con facilidad, tiendes a reaccionar a la brava para luego culpabilizarte?
  • ¿Cuál es tu sentir más íntimo, cuáles son tus sentimientos más habituales?

No olvides que…

  • Las emociones generan drogas químicas que modifican nuestro organismo.
  • Estas drogas actúan internamente haciendo que nos sintamos y actuemos de una determinada manera.
  • Nuestro organismo tiende a acostumbrarse a sus drogas internas, volviéndose adicto a ciertos estados emocionales.
  • Ser adicto a estados emocionales que nos potencian y fortalecen no es lo mismo que ser adicto a los que nos menguan, limitan y debilitan

Atrévete a salir. Para evitar zonas de confort emocionalmente negativas, prueba con lo siguiente:

Sal de tu zona cómoda: revisa tus emociones y comportamientos más habituales.

Abre nuevos senderos: atrévete con nuevas maneras de ser, de hacer y de estar (y de pensar, de ver, atender, escuchar…).

Tómate la vida con humor: diviértete con lo que haces y mira el lado positivo de las cosas.

Despierta tu creatividad: pon en marcha tu imaginación, intenta realizar lo irrealizable y ver las cosas desde ángulos distintos.

Revisa de vez en cuando tus comportamientos, habituales o no, y cambia lo que desees mejorar.

Si deseas contribuir con tus comentarios, serán muy bienvenidos… Gracias por tu atención y que tengas un gran día!

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Ayer, 5 de diciembre, se cumplieron 20 años de uno de los hechos importantes que han marcado un antes y un después en mi vida. Una explosión de gas (ver hemeroteca de La Vanguardia) que nos dejó literalmente con lo puesto: sin casa, sin la empresa iniciada, con apenas 13 meses de vida, sin trabajo, reubicando a los hijos… y con un futuro más que incierto ante los ojos.

Dejando aparte las pérdidas humanas y el gran sufrimiento que conllevaron aquellos días para las más de setenta personas afectadas, debo decir que recibir un golpe así cuando tienes 34 años te pone las pilas de inmediato: de repente descubres que las cosas tienen un significado completamente distinto al que tu creías y que aferrarse a ellas (o a la idea que tú tienes de ellas) es absurdo, por irreal; te das cuenta de que su valor es muy relativo, que lo que verdaderamente importa es estar viva, con todo lo que conlleva de responsabilidad, ilusión, fuerza, coherencia… y que siempre hay que ir ligero de equipaje (esto es, apegos) por lo que pueda pasar.

Es curioso como algunas de las experiencias que percibimos como más traumatizantes, se convierten, luego de un cierto trabajo interior, en poderosas aliadas de la superación. Quedarte sin nada, quedarte con lo puesto, volver a empezar desde cero… Sí… y no. Porque de repente descubres que hay muchas otras cosas, de las que quizás no te habías percatado, que también configuran tu vida y contribuyen en la construcción del ser que eres (¡y serás!).

Uno de los mayores aprendizajes de la explosión fue el abrupto desarraigo, por brutal… ese salir disparada de la zona cómoda que nos amuerma, meciéndonos en los laureles de la rutina y en los atajos cognitivos de la heurística. De allí al nomadismo, hacia el que ya había empezado a abrirme años antes, por circunstancias varias… No soy nada dada a celebrar las efemérides, pero éste está resultando un año muy heavy a nivel personal/familiar… (en estos momentos tengo a 3 -de 10 que somos- hermanos ingresados en un hospital) así que habrá que tomárselo con un poco de humor ¿no? Tranquilos, que éste no es un mensaje inconexo e incoherente, no (aunque también podría serlo…).

Estos 20 años y todo lo ocurrido después, han contribuido en dar sentido a lo que, para mí, resulta una de las necesidades/clave que va a demandar de nosotros el nuevo paradigma: una nueva actitud ante lo imprevisto, ante lo incierto… Una actitud -incluso- proactiva… promotora y generadora de cambio, abierta al nomadismo, dispuesta a ejercitar y a desarrollar escucha activa, interés y atención… en definitiva, promoviendo una verdadera receptividad y escucha hacia el otro o lo otro, hacia lo distinto y lo desconocido… que nos obliga a ponernos en marcha con la vigilancia puesta hacia todo.

20 años de un evento que indudablemente influyó, y mucho, en todo lo que ocurrió después y, también, en lo que va a ocurrir de aquí a unos meses, fiel a ese nomadismo cuyos beneficios empecé a descubrir a raíz de la explosión y de Susan Sontag: nos trasladamos… Nos vamos de Osona, Barcelona, Catalunya, cambiamos de Comunidad… Tengo/tenemos muchas ganas de descubrir nuevos paisajes, nuevos horizontes, nuevas formas de ser, de estar y de hacer… y todo apunta hacia Extremadura: una tierra fantástica, llena de personas abiertas, solidarias, emprendedoras y acogedoras, que nos ha descubierto que no es ni extrema ni dura.

Un cálido abrazo, a través de este recuerdo, 20 años ya, a todos los que sufrieron pérdidas, directa e indirectas… y, en especial, a los padres de Sergio, el chaval de 16 años que nunca llegó al examen. Mis mejores deseos para todos.

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