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Posts Tagged ‘simplificar’

¡Uff! ¡Cuántos días sin escribir! ¡Tenía tantas ganas! Cómo vamos ¿eh? ¡Pillados hasta las cejas! Pero, y fijaros bien en lo que os digo, felices. Muy felices. Un buen momento, sin duda. Época de encuentros, ayudas, sinergias, alianzas, colaboraciones, interrelaciones… en una intrincada red que crece sin parar… Cuántos amigos y gente cercana… Gracias a todos por vuestro apoyo. Por ser y por estar ahí. De aquí a un rato (20’) vamos a hablar de automotivación con un amigo. Comparto con vosotros un poco de la preparación… creedme si os digo que son estas pequeñas cosas compartidas las que más me ilusionan…
Miro a mi interior (no olvidemos que nosotros somos nuestro mejor y más cercano laboratorio y más en los momentos que superamos nuestros egos) y veo una gran potencia movida por la pasión, por la entrega, por la ilusión, confianza… Puede que penséis que es más de lo mismo o y eso… ¿adónde nos lleva? Tenéis razón hay que ir más allá, que no están las cosas para más abstracciones: hay que ir a lo concreto y hurgar en lo tácito, casi siempre implícito, pero casi nunca explicado.
Esta automotivación, potencia, energía, empuje, fuerza interior… llamadla como queráis viene dada, según mi particular y discutible opinión, por muchos factores que confluyen y cooperan entre sí:
una clara visión de que una mejor persona es posible… y de que este ‘ser más para más Ser’, es oportuno y deseable (¡gracias, Maslow!)
consciencia de la nobleza de la visión, puesto que llama a lo más noble y elevado
compromiso con la misma; pasión y entrega hacia el para qué
suficiente humildad como para estar disfrutando como una niña con los pequeños tesoros diarios en forma de descubrimientos y aprendizajes
una fuerza interior, casi imperativa, que empuja a la realización, a la acción, en perfecta coherencia con los más altos valores: autenticidad en el ser (por Verdad), elegancia en el estar (por Belleza) y calidad en el hacer (por Bondad)
la confianza  en que ello no sólo es posible, sino que estamos perfectamente capacitados para conseguirlo si lo hacemos contando unos con otros.
Ya veis, son muchos los motivos para la alegría y felicidad que siento en estos instantes. Poco a poco nos unimos unos con otros, entrelazando las redes, aumentando la complejidad, sí, pero también el alcance y el crecimiento.
Acabamos de crear un grupo para epoche en Facebook…

Esperamos poder conseguir un buen número de personas convencidas de que el desarrollo y la evolución del homínido al humano pasa por la acción personal/colectiva y el compromiso. Y, como epoche es una palabra griega (un poco de apoyo moral para nuestros hermanos griegos!),  nada mejor que un viejo sirtaki para invitaros a que os suméis… (Observad a Anthony Quinn: en esta escena es la viva expresión de una potente fuerza interior)

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Estoy en plena fase crítica: procesando información, analizando sentimientos, cuestionando puntos de vista, cuestionándome nuestras intervenciones y nuestra utilidad en tanto que agentes de cambio… y preguntándome si todo eso no será un poco arriesgado y pretencioso, por no hablar del peligro que entraña si nos dejamos llevar por la vorágine de los acontecimientos.

Necesitamos tiempo y espacio para procesar, para investigar, para reflexionar, preguntarnos, desaprender, para cambiar el enfoque, distinguir, priorizar, conectar, comprender, asimilar, practicar, integrar, saber… y estoy descubriendo que éste es uno de los tiempos que menos nos concedemos.

Me diréis que es imposible encontrar un espacio para la soledad y el recogimiento, un momento sin móviles, sin voces, sin aparatos, sin correos, sin nadie ni nada cerca que nos pueda perturbar. Pena, penita. ¡Es un espacio tan necesario!

Por poco que nos observemos desde distintas perspectivas y situaciones, descubriremos que la prisa ha impregnado nuestra vida. No ‘hay’ tiempo para casi nada, y menos para el silencio y la reflexión… ese volver atrás para recuperar lo vivido y experimentado, y verlo desde otros ángulos, con otras gafas, para aprender de ello y formarnos nuestra propia idea, no tanto para identificarnos con ella como para comprender y ver.

¿Qué puede ocurrir cuando no nos damos o creamos este tiempo para desarrollar una visión más crítica? Se me ocurre (es sólo una idea) que al no poder profundizar en las experiencias que vivimos ni en lo que nos influye o aparentemente aprendemos, nos quedamos con lo superficial, con la apariencia de la cosa, con el 10 por ciento del iceberg, obviando el 90 por ciento sumergido… y ello nos convierte en ignorantes engreídos, convencidos de saber todas las respuestas.  Afirmando con contundencia cosas que no entendemos ni conocemos en profundidad. De un tiempo a esta parte escucho las mismas bonitas palabras, igual que un discurso muy bien aprendido de memoria, que luego no sabemos/podemos argumentar… y, lo que resulta todavía peor: podemos inducir a la confusión y al error. Luego nos quejaremos de lo mal que van las cosas y de lo lentos que van los cambios… ¿No será también debido en parte a esta ausencia de reflexión y visión crítica de las cosas? (no olvidemos que crítica, crisis, crisálida y cambio están muy relacionadas).

¿Cuántos, de los que hablan de Covey, lo han cuestionado? ¿Cuántos, de los que hablan de Goleman, lo han cuestionado? …y así podríamos seguir con una lista casi infinita. Cuestionar, poner en duda para poder analizar, contrastar, enriquecer con otros puntos de vista, etcétera, para luego, una vez integrado y modificado, poderlo compartir o transmitir, como prefiráis.

En fin, que voy a seguir con este breve cocooning (una crisálida para procesar…) y ya os contaré. De momento me siento súper bien. Check it out, baby!

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Hace ya tiempo que vengo advirtiendo -en su doble acepción- una creciente exaltación de todo lo concerniente a las emociones. Creo que ha llegado el momento (¡bienvenido, Kairós!) de intentar aclarar o explicar algo de lo que pueda estar pasando, desde mi humilde punto de vista, y ello me va a obligar a abrir un poco mi ventana privada y acudir un poco al conocimiento tácito o al que va implícito al desarrollo que conlleva toda experiencia.

Empecé a estudiar las emociones en 1998, pero no de la mano de Daniel Goleman, sino de la  del psiconeuroinmunólogo, Paul Martin, doctorado en biología del conocimiento, y de su libro “The Sickening Mind” (la mente enfermiza, literal, traducido como “Enfermar o Curar por la Mente: El cerebro y el sistema inmunitario”), editorial Temas de Debate. El libro, sin ser ningún bestseller, descatalogado,  sin reediciones a la vista y, con toda probabilidad, susceptible de muchas críticas, fue muy clarificador ya que ofrecía más preguntas que respuestas y, sobre todo, colocaba las emociones en su verdadero ámbito: el orgánico.

Antonio Damasio por un lado, Rodolfo Llinás por otro, junto con Petra Stöerig y unos cuantos más, siguieron contribuyendo con más preguntas y cuestionamientos… ellos me llevaron a descubrir que las emociones, muy lejos del pensamiento habitual, no muestran nuestra parte más humana sino que son expresiones orgánicas, instintivas y automáticas, que nos retrotraen a un estadio más animal, más homínido que humano.

El término Inteligencia Emocional popularizado por Daniel Goleman y adoptado sin casi ningún tipo de crítica por cantidades ingentes de gurúes de la formación, no hizo más que encender la mecha de la confusión… y ahí estamos ahora. Confundidos y enfatizando todo lo emocional.

Me consuelo pensando que esto se trata de un movimiento pendular y que hemos pasado de ignorar completamente las emociones a exaltarlas y darles más importancia de la que en realidad tienen: meras respuestas orgánicas ante una percepción -inconsciente en primera instancia- de dolor o placer (amenaza o peligro).

Lo que nos humanizaría, alejándonos de nuestro rango más primario o animal, sería darnos cuenta de esta respuesta orgánica, ver cómo actúa dentro de nosotros, qué nos hace, y luego decidir qué hacer con ella y, para ello, necesitamos alejarnos de la emoción y de la situación, poner una cierta distancia y ‘enfriarnos’ para poder ver y pensar con claridad… y esto suena más a Inteligencia Intrapersonal que a inteligencia emocional (o del organismo: sin atención y sin que intervenga la consciencia).

No podemos evitar respuestas emocionales ni egóticas, del mismo modo que no podemos  vivir sin corazón o sin riñones: forman parte de nosotros. Ahora bien, podemos educarnos en su gestión o alfabetizarnos -puesto que hay que empezar de cero y hay mucho por desaprender- y empezar a practicar y a entrenar, para cambiar hábitos perniciosos que dificultan nuestro avance y nuestros logros.

¿Cómo? Empezando por ponerlas en su sitio y ejercitando otras áreas mentales como la racionalidad, la epidisciplinariedad, la lógica, creatividad, pensamiento intuitivo, pensamiento complejo…

Las emociones otorgan información, pero no son la información… o al menos eso creo y, como todo es discutible, dejo el tema abierto para seguir con él en otro momento…

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Explícamelo todo en cinco palabras y, cuidado, que si te alargas dejo de atenderte. Explícamelo claro, sencillito, que no sea muy complicado, así no me pierdo. Dime sólo lo esencial para que pueda entender sin calentarme la cabeza; no me relaciones cosas ni me conectes puntos, que no te enrolles, que no tengo tiempo para tonterías. Dame la foto del iceberg, pero no te compliques con altas tecnologías, me basta con ver la superficie, no me interesa el resto (está muy sumergido y cuesta demasiado) aunque represente un 90 por ciento de su masa y, además, me lo puedo imaginar…

Nuestra naturaleza se está volviendo muy ávida: lo queremos todo, a la mayor brevedad y con el mínimo esfuerzo posible, sin importarnos el alto coste que estamos pagando por mantener esa bendita (sí, sí, bendecida por los altos poderes, para su mayor gloria y disfrute) comodidad y exigencia, cuasi tiranas. Pedimos fórmulas milagrosas, varitas mágicas, invocamos a la suerte, a los oráculos… todo lo imaginable, todo, menos esforzarnos.

Somos seres muy complejos, que no podemos explicarnos en tan pocas palabras. Lo nuestro es la incertidumbre que generan, entre muchas otras cosas, las interacciones, las interrelaciones, las intervenciones… y pretendemos saltarnos estos esclarecedores in e inter, que son justamente los que nos hablan del interior, del espacio que nos une, lo compartido, el terreno del encuentro, la colaboración y la edificación de nuevas maneras de ser, estar y actuar.

Sigo pensando y cuestionándome en voz alta… ¿Corremos el peligro de que a mayor velocidad y cantidad de información, aumente el sesgo, la mutilación u omisión de aspectos que podrían ser sustanciales para ampliar nuestros referentes mentales?

¿Qué diferencia existe entre ver que las cosas son, acogiéndonos a sus dos extremos, de una manera o de otra, y verlas como un abanico abierto de posibilidades? ¿Por qué nos empeñamos en el simple blanco/negro, obviando la inmensa gama de grises y al resto de colores? ¿Qué extraña pereza nos ata a sillones que nos hunden en lo conocido, aunque ya nos aburra?

Si, ya sé que a pesar de que nos apasione lo cuántico, no podemos olvidarnos de la mecánica clásica de Newton y, en particular, de la primera Ley o Principio del Movimiento o de la Inercia que nos dice que “Todo cuerpo continúa en su estado de reposo (es decir, velocidad nula) o de movimiento uniforme en línea recta a menos que sea forzado a cambiar su estado por fuerzas externas.”

¿Seguimos por inercia, por vagancia y dejadez, esperando que la sacudida nos venga del exterior para despertar? Tomar como conocimiento tantas verdades sesgadas, descontextualizadas y desconectadas de todo lo que las hace posibles, por comodidad, es grave y a la larga puede resultar peligroso para nosotros. Dejamos demasiados huecos sin llenar en nuestra mente, hectáreas vacías de conocimiento que otros se apresurarán a trabajar y hacerlas productivas (más gloria y isfrute para ellos).

Después de tantos libros, conferencias, seminarios, talleres… hablándonos de la necesidad de ir al encuentro o convergencia de los extremos, luego de tanta divulgación sobre los peligros de las visiones extremas u opuestas, por egóticas o limitantes, el mero hecho de percatarnos de ello debería ponernos en guardia…

Desde el mismo instante que sabemos que las cosas no son o así o asá, sino que son así, así y así y de esta manera y de esta otra, y de aquella… -ya que su naturaleza es múltiple y se nos escapa-, desde este mismo momento, algo nos debería impedir aceptar como “verdad” cualquier tipo de afirmación absolutista o extremista del tipo “La confianza, se tiene o no se tiene”, por sesgada.

Siguiendo con el ejemplo de la confianza diré (y esta es sólo una forma personal de verla que admite todo tipo de opiniones y críticas) que, como casi todo, la confianza hay que tenerla casi siempre de manera relativa y casi nunca ciega, o sea, que dependerá de muchos factores como, por ejemplo, de mis expectativas (¿qué espero del otro [o de mi mismo]? ¿se lo he comunicado? ¿se ha comprometido?); de su capacidad (¿está preparado para hacer lo que espero? ¿cómo sé puede hacerlo?), de su estado emocional (¿cuál es su ánimo, su disposición hacia la realización? ¿cómo sé que está motivado y quiere hacerlo con ganas?)…

Muchos son los aspectos que intervienen en una cuestión de confianza, demasiados como para reducirlos a un simple sí o no. Cuando confiamos ciegamente en alguien (pleno al sí), lo que puede suceder, entre otras cosas, es que no le dejemos espacio para que pueda equivocarse y eso es muy grave puesto que, al más mínimo error, sentiremos que el otro nos ‘ha fallado’, que resulta lo mismo que negar el derecho a equivocarnos y a aprender de nuestros errores, dos de los derechos/deberes esenciales de la asertividad.

Una forma de ver la confianza más ajustada a su realidad podría ser: confianza sí, pero relativa, atendiendo a todos los parámetros que intervienen… que son muchos.

La simplicidad -y su sesgo- nos inclina hacia los opuestos, cuando lo que hoy nos pide el nuevo paradigma parece que va más hacia su conciliación y convergencia, a una ampliación de los parámetros y a un verdadero cambio de perspectiva, más crítico con nuestro entorno y, a la vez, con más capacidad de observación y aceptación lo que hay…

(¡Qué hermoso este baile de ballenas… colaborando y bailando unidas para la caza!)

¿Qué nos dicen las burbujas? ¿De qué nos hablan? ¿Qué expresan con su ser? ¿Liquidez, aire…?

Una combinación ciertamente caótica que podría parecerse y acercarse bastante a nuestras bases y formas de comportamiento… Una alianza extraña esta entre materia y aire (¿energía?), extraña pero refrescante…

¿Seguimos pensando que la confianza se tiene o no se tiene? o ¿nos atrevemos a encontrar el punto de convergencia entre confiar y -a la vez- no confiar?

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