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Ruptura

La semana pasada fue de ruptura y cambio. Después de una temporada con el ánimo cada vez más bajo debido a las circunstancias personales (la venta de la casa cada vez más difícil con el consecuente alejamiento del sueño de irnos a vivir al campo y reinventarnos en un medio rural), globales (el mundo regido cada vez con más crueldad, despotismo y ambición por parte de unos pocos) y políticas (los partidos interesados solo en los votos y en su particular cota de poder y manipulación; las elecciones y los intentos de fracturar Catalunya…), el martes por la noche toqué algo parecido al fondo.

Me hundí, me desplomé y, harta y cansada de todo, dejé de encontrarle sentido a la vida y a la lucha diaria. ¿Para qué?, me preguntaba y no hallaba respuesta. Las redes rezuman indignación, hastío, hartura… y demasiadas malas noticias. Seguimos sin estar preparados para los cambios que necesita la humanidad y, lo que es peor, seguimos echando balones fuera, culpando a otros de nuestros males, sin darnos cuenta de que si nosotros no cambiamos nuestros pensamientos, nuestros intereses y nuestros actos, todo seguirá igual. (Sé, a estas alturas de la vida, que las cosas no suceden porque sí y que las situaciones complejas y difíciles nos retan para que aprendamos de ellas, y también soy consciente de que los estados emocionales son muy hábiles en impedir o dificultar el flujo de nuestras competencias y habilidades.)

Pau_SofiaEn estas andaba cuando el domingo 18, un buen amigo escritor (¡mil gracias Julio por tu “Never on Sunday”!), me recordó el tema de uno de los discos, desaparecido, que mis padres ponían a todo volumen los sábados y domingos para despertarnos y volví a echarlos de menos. Busqué de nuevo por la red y me encontré con que alguien de Barcelona lo vendía por 3 €. Quedamos el miércoles a primera hora de la tarde: resultó ser una bellísima persona (¡gracias también a ti, Carlos!), con la que compartí un poco de historia y un cálido y estrecho abrazo. Al cabo de media hora me encontré con mi nieta Sofía, la mayor, y mi hijo, Pau, que enseguida se percató de la pesadumbre y tristeza que reflejaba mi rostro. Estuvimos hablando un buen rato. Le expliqué cómo me sentía y me hizo ver que me hallaba en un nivel desde el que no podía hacer otra cosa que darme de bruces contra lo que me indignaba y agotaba (¡mil gracias de nuevo, hijo, eres un auténtico Sol!). Recordé la frase de Einstein “No podemos solucionar los problemas actuando desde el mismo nivel que fueron creados” (luego él me recordó otra que se atribuye tanto a Mark Twain como a  Friedrich Nietzsche “El que lucha contra los monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo”) y me di cuenta de que esto era lo que precisamente me había hecho tocar fondo: estar al mismo nivel.

Apareció otra hija, Gavina (¡mil gracias también a ti, mi pequeña princesa!), que aquel día cumplía años, y pasamos un rato lleno de amor, ternura y risas. Llegué a casa de la hija mayor poco antes de las 9h., y estuve hablando un buen rato con Jordi (¡mil gracias también a ti, querido Jordi!), su compañero, de lo mal que estaban las cosas, de cómo me había hundido… y también él, con su habitual lucidez, Gaviname dio otra clave: ¿Qué podemos hacer nosotros para cambiar todo esto? ¿Qué tipo de acciones podemos emprender para mejorar la sociedad?

Fumé mi último cigarrillo en la terraza. La constelación de Orión, Sirius, la luna y la playa al fondo… me llenaron de paz. Recordé el programa libre Stellarium que Anto, mi amado compañero, me había instalado para ver el cielo en tiempo real (de allí, he sacado la imagen para compartirla con vosotros) y, cuando me acosté, al lado del ventanal que da a la terraza para seguir viendo las estrellas, oí el clic y supe que mis padres también estaban allí y que habían acudido a la llamada del “Grand Tour” (el LP que había conseguido a través de Carlos). Dormí serena, en calma, hacía mucho tiempo que no lo hacía, sabiendo que había cambiado de nivel y que empezaba de verdad mi octava etapa (7×8=56). Recordé las conversaciones con mis hijos, sus rostros bellísimos y agradecí el privilegio y el honor de ser madre y abuela. A la mañana siguiente pude pasar un buen rato con Marta, la mayor, mujer extraordinaria y emprendedora (¡mil gracias también para ti, hermosura!), y lloramos juntas, esta vez de felicidad, al escuchar la versión de “The Three Bells” que ella también recordaba de mis padres. Finalmente había abandonado la lucha estéril y el pesimismo: estaba en situación de empezar a construir algo diferente, a lo que habría que empezar a dar forma y, lo más importante, sabía que no estaría sola.Marta_jordi_Ali

Emergencia

Descubrí el concepto de emergencia gracias al estudio de la complejidad. Según Ilya Priogine[1]: “En el equilibrio o cerca de él, no se produce nada interesante y todo es lineal. Cuando pueden ocurrir cosas sorprendentes es lejos del equilibrio: si llevamos un sistema lo bastante lejos del equilibrio, entra en un estado inestable con relación a las perturbaciones en un punto llamado de bifurcación…/… Lejos del equilibrio, la materia se autoorganiza de forma sorprendente y pueden aparecer espontáneamente nuevas estructuras y tipos de organización que se denominan estructuras disipativas” (y que yo, desde mi humilde punto de vista, relaciono con la fuerza emergente).Cielo_211112 Así que en ello ando, buscando la forma de empezar un movimiento de cambio y hacer emerger  un espacio en el que poder reunir y co-construir alternativas sociales, políticas, económicas, medioambientales… donde se compartan ideas, teorías, experiencias ya probadas… que ofrezca oportunidades y nuevas posibilidades para la esperanza y la ilusión.

¿Me ayudáis compartiendo vuestras ideas y experiencias en los comentarios? ¿Sumamos y co-construimos el cambio?


[1] Ilya Prigogine (1917-2003) físico y químico, Premio Nobel de Química del año 1977.

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