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Archive for 30 junio 2014

No soy muy de hablar de temas sobre escritores o literatura, pero acabo de leer un artículo en La Vanguardia  compartido en los muros de compañeros de facebook, del que destaco el párrafo que sigue, y me han venido ganas de jugar.

«Otro pilar de la conversación giró en torno a la simbiosis entre literatura y marketing: “ahora la publicidad es parte del trabajo de escritor”, lamenta el escritor Eduardo Mendoza. La repercusión de esta moda de escritor-estrella mediática se hace patente también desde el otro lado: “la calidad de las novelas ya no es suficiente” reconoce la agente literaria Sandra Bruna, quien admite que han dejado de sacar títulos porque el autor no daba el perfil para salir en los medios: “¿pero es guapo?” le han llegado a preguntar sobre el autor de un manuscrito más que decente.»

He leído algunos de los comentarios que se han generado en los distintos muros y me he dado cuenta de que estos son debates y letanías que se repiten casi a diario entre algunos escritores: “no triunfa quien mejor escribe sino el que más vende”: hay que machacar publicitándonos, generando polémica, escribiendo consejos y recomendaciones, marcando terreno, haciendo de palmero/a, cepillando chaquetas, seduciendo, enseñando dientes…

Y al final resulta que, entre una parte muy importante del colectivo de juntapalabras, todo se reduce al consumo. Incluso desde posiciones abiertamente declaradas anticapitalistas y/o anarcolibertarias he visto emerger, como las setas después de quince días seguidos de lluvia a finales de agosto, papers, manuales, artículos, posts, cursos, talleres y también a infinidad de gurúes, mentores, coaches, trainers… dispuestos a indicarnos qué hacer, qué no hacer, a enseñarnos cómo hacerlo y acompañarnos para mejorar nuestros resultados. El virus se ha extendido: vender, vender y vender. Conseguir ventas. Apuntar hacia el target, disparar con pulso firme y el ojo sin parpadear puesto en el círculo rojo. Conseguir lectores que paguen por el sudor de nuestras neuronas… y cuantos más, mejor.

Mientras nos quejamos de lo mal que está todo y nos adherimos con nuestros likes, compartiendo y comentando, a los mensajes y causas más variopintos —que van desde los efectos luminiscentes de los flowerpower cantando su particular harekrishnaharehare, hasta los rincones más sombríos del bosque donde voces de seres oscuros claman venganza ofreciéndonos un hacha para empezar a cortar las cabezas que sobresalen de un sistema que todo lo engulle—, seguimos obsesionados por los resultados, por la meta, por el fin.

O sea, que puede darse el caso de que después de habernos identificado con un mensaje (¡qué bonitos son algunos memes y cuánto nos gustaría haber sido sus “creadores”!) de esos que nos dicen que «es más importante el camino que el destino» o que «un hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo», nos pongamos a debatir sobre lo injusto que resulta que unos vendan tanto “solo” porque son famosos y/o guapos (obviando que la industria es una y juega siempre con los dados trucados), a hablar sobre cuáles son las mejores estrategias para cubrir esta falta de estrellato, sobre si la hora del escritor sale a cincuenta céntimos y que con eso no hay quien coma y bla, bla, bla…

El universo con el que conecta mi mente es más apacible. Escribo porque no puedo ni quiero dejar de hacerlo. Porque me gustan el silencio y la soledad del escritorio. Porque las palabras me llaman con fuerza y piden ser juntadas y ordenadas para copular, con sus disyuntivas y proposiciones, con sus predicados y afirmaciones. Expresión de uno mismo, dibujar algunos pasos del baile de la vida, nuestros vuelos por otros mundos…

Me viene a la memoria el último comentario de un hermano mío (que tuvo lugar el último año del siglo pasado, jejeje…), cuando realizaba una crítica (positiva, ¡cómo no!) a un libro mío que acababa de leer. «De todas formas, aunque ya te he dicho que me ha gustado mucho y tienes mucha mano, creo que utilizas demasiadas palabras, puede que yo sea hombre al que no le gustan mucho, pero creo que las cosas se pueden explicar con menos… aunque reconozco que es todo un arte y lo haces muy bien».

Aprovecho ahora para agradecer a mi hermano este comentario en especial, por todo lo que generó en mi cabeza. Me esforcé en la síntesis, aprendí a ser más austera con ellas… y descubrí que la llamada no había perdido ni un ápice de fuerza: su poder seguía intacto. Volví a pensar (a entender como un proceso que duró años) en mi hermano y entonces me di cuenta de algo que en su momento había pasado por alto: su pasión y arte con las esculturas de madera. Vi los enormes osos que vigilan escondidos entre sauces y ginkgo biloba, al fondo del prado que hay delante de su casa (al más anciano lo incineramos la pasada verbena de San Juan en una preciosa hoguera, como veréis en el vídeo si consigo subirlo). Lleva toda la vida jugando con troncos y haciendo pequeños muebles y esculturas por encargo… preciosos. No vive de ello, es su pasión. Una fuerza que le empuja a jugar con la madera y crear nuevas formas con ella. A parte de lo que hace, a mí también me gustan los troncos de algunos árboles y me encanta cuando descubro un trozo seco con formas bellas que se han ido desarrollando de manera natural. Así. Desnudo. Tal cual.

Al final te das cuenta que cada uno es libre de hacer aquello que más le plazca, que si hay algo que te apasiona vale la pena lanzarse a ello y bucear en sus aguas más profundas. Hace poco leí un artículo que ahora viene al caso. No me descubrió nada nuevo, puesto que es un tema con el que he machacado a muchos en mis cursos durante más de quince años, pero sirve como ejemplo de lo que me gustaría transmitir con este post y lo tengo a mano para enlazar. Destaco: «Un sistema de rutinas automatizadas que alcanza cierto nivel de complejidad exige un mecanismo de alto nivel que permita que las partes se comuniquen, administre los recursos y asigne el control». O sea, leer, leer, leer, escribir, escribir, escribir… alimentar nuestro inconsciente para que luego pueda correr, juguetear libre y sin ningún tipo de atadura y dejarnos de tantas monsergas.

Aunque bien mirado… Me han venido ganas de jugar a mí también y voy a permitirme una pequeña gamberrada que espero no ofenda a nadie. Los que me conocen bien saben que no me gustan las categorizaciones y taxonomías: voy a divertirme un rato jugando con ellas intentado diferenciar tres grupos de escritores-juntapalabras tal y como yo, desde mi humilde posición, puedo verlos.

Sin apegos, esto es, sin ganas de andar luego clasificando y todo eso. Allá cada cual con su forma de verse y entenderse. Yo tengo muy clara mi mezcla ya que, como en todo, siempre hay grados y porcentajes. En mi caso me acerco mucho al Principio de Pareto.

Ahí van:

Cucaracha
Los que escriben porque se sienten empujados a ello (fuerza télica), lo hacen desde siempre —y no puede dejar de hacerlo—, sin que les importe dar a conocer su obra. La pasión les mueve. Escriben por placer. Disfrutan. Leen. Devoran todos los libros que caen en sus manos. Aprenden. Desarrollan un criterio. Escriben. Sufren. Se entrenan. Viven en un caparazón y su mundo interior es muy rico y diverso, lleno de matices y sabores agridulces.

Girasol
Los que les gusta escribir, lo han hecho de forma esporádica, les han dicho que no lo hacían mal y han decidido rentabilizar esta habilidad/talento. Intentan explotar los géneros/estilos que les han hecho merecedores del reconocimiento. Les ha gustado su sabor dulce y quieren más. Investigan por dónde van los tiros, seleccionan su target. Leen libros relacionados con los géneros de moda, estudian, aprenden en cursos, talleres, manuales… se publicitan, machacan con sus obras y aspiran, algún día, llegar a ser la estrella mayor.

Estrella
Los que lo hacen porque buscan fama -léase ventas- y/o porque ya tienen una cierta notoriedad y persiguen afianzarla y aumentarla. Son personas públicas, presentes en los medios de comunicación por motivos completamente ajenos a la literatura. Nunca han escrito un libro ni han sentido la necesidad de hacerlo. Lo hacen (o lo encargan) porque es lo que toca para estar en boca de todos y prolongar su presencia en los medios. Son la estrella que todos desean emular y que el sistema promueve, porque, proporcionalmente, es el que vende más con menos esfuerzo.

Ha sido un juego, nada más. Me lo he pasado bien juntando cuatro palabras y montando este post.

¡Espero que lo disfrutéis!

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Cincuenta y ocho ya y rozando los sesenta, como quien no quiere la cosa… Mamma mia, si son apenas un fulgor, un destello! Tempore, tempora, tempera… no sé yo, hummm… Mucho me temo que para atemperar el tiempo hace falta algo más que tiempo.
Mi espíritu, mi alma o como quiera que llamemos a “eso” que nos ocupa y somos, no va parejo al proceso de maduración e incipiente deterioro de la carcasa que me sustenta. Sigo siendo la niña. Todavía soy ella y lo sé porque reconozco su ímpetu, sus ilusiones, su energía… su risa. Hay otra ella o yo, depende de cómo se mire, un poco más seria, más templada, reflexiva, inquisitiva, amante de la soledad y la contemplación. Y hay muchas más ellas con distintas experiencias y recorridos. Todas válidas. Unas más sabias que otras, aunque todas aprendices, humildes, y muy alegres unas y tendentes a la nostalgia otras. Es lo que hay, si bien la que se erige por encima de todas, la esencia de todas ellas, es la que más cuesta de definir, porque contiene de la más niña a la más vieja.
3 generationsImposible ponerle un rostro y reconocerse en él. A esta edad y desde esta consciencia, hay una parte que se escinde de kronos y se convierte en kairós, en el que todo lo importante, adecuado y oportuno, está presente. Descubres que somos miles, millones de partes entrelazadas unas con otras de instantes rescatados por hechos que luego influyen y confluyen en el océano de la complejidad que no cesa de generarnos.
Descubres también, como niña/anciana que aquello a lo que llamamos ego no existe, que solo es una identificación, un engaño, otro más, de nuestra mente egótica o egocentrista. No somos nada y lo somos todo: somos la parte de la parte de la parte de la parte de la parte de la parte de la parte…∞.
Me gusta que sea así, complejo, lo hace más interesante si cabe. Así que ya veis, me siento razonablemente feliz, contenta por el camino recorrido, por esa niña que nunca me abandona, por las decisiones tomadas, por los cambios de dirección, por todas y cada una de las crisis existenciales, por las preguntas que todavía siguen martilleando… por las magníficas y generosas personas con las que me he cruzado y seguiré cruzándome en el recorrido, reales y virtuales, por la magnífica familia que me ha tocado en suerte, a cual más especial y único… y por Antonio, el mejor compañero para las fatigas y los momentos de gloria.
¡Va por ti, niña/anciana, para que sigas dándote cuenta y alucinando pepinos!
¡Felices 58, baby!

 

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