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Archive for 28 marzo 2014

Tengo ganas de escribir dentro de la normalidad, aunque creo que tendrán que pasar todavía algunas semanas… Necesito fluir, inducida por un arrobo, arrebatadas atención y alma por voluntades lejanas a la cotidianeidad.
Lo necesito como el aire que respiro… y, mientras, la crónica de una vida que parece que empieza a vislumbrar el polvo de la frenada. Este último año, ya sabéis, ha sido extremadamente movido y lleno de cambios… pues ahí va la crónica del último, que no exento de los habituales preámbulos.
Cuando en 1997 empecé a impartir cursos de comunicación, inteligencia emocional, liderazgo y demás, lo hice movida —también— por la vocación de servicio, por aquello de aportar ni que fuera un diminuto granito de arena en la inmensa playa de la humanidad. Ya de pequeños nuestros padres nos hablaban mucho del espíritu de servicio (esperit de servei) y encontré en el ejemplo de ella, madre, los más fuertes motivos para seguir su senda de entrega y atención a los demás. En todos estos años no he tenido más que alegrías y me he sentido apoyada, reconocida, respetada e incluso —y a mi pesar— admirada.
Ha sido duro, mucho, y muy gratificante. Me he sentido mil veces de otro planeta: cuando empecé a hablar de la inteligencia emocional y de resonancia mórfica (1997); cuando los de la escuela de Palo Alto (Paul Waztlavich y demás) empezaron a calar hondo (1998); cuando introduje el tema del “ego biológico” basándome en los estudios de Petra Stoërig (1999) y de A. de la Herrán; cuando descubrí a Rodolfo Llinás y a sus tunicados (2003); cuando añadí los universos cognitivos de Platón (2009)… Aquello que descubría, lo compartía de inmediato llena de entusiasmo. No puedo evitarlo: la vida siempre me ha fascinado y me he entregado a ella con pasión.
Recuerdo que hace unos años mi querido amigo Miguel me habló de un profesor suyo, muy bueno y distinto a todos, que a veces impartía la clase con un mandil y, desde entonces, la idea de llevar un delantal en clase se convirtió en uno de los objetivos a alcanzar… Entonces empezaron los cambios (buscados, of course): nos marchamos del pueblo (de montaña) a una finca completamente aislada. Transformamos la casa que teníamos en venta en algo parecido a un hostal. Enfermé. Vendemos la finca con mucho pesar. Volvemos al pueblo. Antonio busca trabajo y… nos sale una posibilidad que nunca antes habíamos contemplado a pesar de la gran cultura gastronómica que posee (como todo buen italiano que se precie): coger el traspaso de una tienda.
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Y como somos personas de decisiones rápidas, allí estamos, en Cal Recader, una pequeña botica de frutas, verduras y demás comestibles en un pequeño y hermoso pueblo de montaña. Antonio está feliz, y me encanta verlo así. La cultura italiana tiene mucho que ofrecernos a nivel gastronómico. Él creció allí, y se nota en sus platos y en su amor por la cocina.
Ahora me toca cambiar el chip de nuevo… En poco más de un año, he pasado de estar diseñando nuevos cursos para desarrollar habilidades adaptativas, a pensar en cómo montar una granja/escuela de permacultura y a, finalmente, estudiar los entresijos de una pequeña tienda de comestibles en un pequeño —aunque rodeado de una belleza exultante— pueblo de montaña.
Y descubres muchas cosas. Descubres, por ejemplo, que lo que tienes entre manos, a modo de salida laboral para tu marido, es lo que se llama una tienda de conveniencia: aquella a la que la gente va porque se ha olvidado de comprar algo en las grandes superficies o a las que van los más mayores o los que no tienen medio de transporte. Y te preguntas por qué, si nuestras frutas y verduras pueden competir perfectamente en calidad y precio con las de cualquier híper de esos… y descubres que falta todavía un eslabón entre pensar y hablar de comercio de proximidad y su puesta en práctica. Así que habrá que intentar atraer a gente más joven con mucha imaginación y buenas artes…
Habrá que aparcar por un tiempo el deseo de meterme de lleno en la historia que se está perfilando en mi cabeza. Habrá que esperar un poco más y seguir entrenando la paciencia…
Resulta curioso que a nuestra edad todavía podamos descubrir vocaciones que hasta ahora habían permanecido ocultas… y también resulta fascinante ver cumplido un deseo largamente acariciado:
¡Por fin podré lucir delantal ante el público!

 

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