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Archive for 27 febrero 2014

Hace unas semanas leía un magnífico post de Gabriel Ramírez Lozano, en el que, de forma muy bella y sutil, nos invitaba a mostrarnos sin tanto pudor, dándonos cuenta de que aquello que mostramos de nosotros mismos define nuestros límites con gran precisión, dibuja nuestra personalidad, aquello que los demás perciben de nosotros. Interesante su reflexión sobre cómo nos ocultamos tras máscaras, pseudónimos, bonitas frases escritas por otros…

Aquella noche, los hilos que entretejen la realidad se movieron transportándome a un momento de mi vida pasada: a la mañana del sábado del  25 de abril de 1992. Mi madre, de espaldas a mí, se estaba perfilando la raya de los ojos mirándose en el espejo que, cuando se maquillaba, colgaba en un gancho del balcón de la sala-comedor. De repente separó el lápiz negro del párpado, se quedó un rato en silencio, pensativa, y se dio la vuelta mirándome con la ceja levantada, como hacia siempre que quería enfatizar lo que iba a decir.

—No me ha gustado nada el artículo que has publicado en la revista. Me parece casi pornográfico. No es propio de ti, me has decepcionado.

Me esperaba muchas cosas, pero no esto (todavía sonrío al recordar la escena). Y lo que empezó de esta manera tan tajante y fría, se convirtió en una mañana increíble en la que hablamos mucho sobre la necesidad de escribir, de comunicar, de nosotras, la vida…

El artículo al que aludía había aparecido en una revista artístico-literaria (Romanços / Romances) que acabábamos de editar un grupo de intrépidos en Piera, en la luminosa comarca de la Anoia. “Autorretrat” (autoretrato, a modo de presentación) era un texto de prosa poética, en el que el narrador, en primera persona, era la hoja de papel en blanco y el personaje era yo. Es como una metáfora, le dije, en la que las caricias son el acto de escribir, la hoja en blanco describe lo que siente… Lo volvimos a leer juntas. Me miró con orgullo y me abrazó. M’agrada molt, ho fas molt bé.

El recuerdo tan vívido de este momento, entre los muchos que pasamos solas charlando, se ha visto reforzado con otro “presente” que ha acontecido justo cuando he abierto la página 29 de la revista (numero 0, año 1, jeje…): allí estaban las notas a lápiz que le escribí aquél día a mi madre para que entendiera lo que había querido transmitir. Ahora la tengo a la vista, justo a la derecha y allí está la X que hizo tachando la ilustración, diciéndome que era justo lo que la había confundido —¡bendita la punta de grafito que guiaron sus dedos, cuánta ternura y ganas de aprender en su mirada!—, y veo también el paréntesis que la encerró dentro de sí mientras le decía “¡olvídate de la ilustración!”.

Siempre me impulsó en las decisiones que tomé, incluso las que no alcanzaba a entender. Me decía “si tú crees en ello, adelante” con la misma complicidad que me preguntaba “¿tienes papel para liar?, si no te lo presto ¿eh?, aprovecha ahora que papá está durmiendo…”, guiñando el ojo, acercándote a ella, rompiendo barreras como podía y sabía.

Y así, como a mí, dedicaba su tiempo a cada uno de nosotros, uno por uno. Cuando la buscabas, allí estaba. Tuvo tiempo para que todos, sus diez hijos, tuviera bien nutrida su biblioteca de recuerdos… y no solo nosotros sino que también pudo hacerlo con algunos de sus nietos y con todos los que se cruzaban en su vida. Cada uno con su álbum particular, distinto al del resto, lleno de las sustancias, vivencias y experiencias que nos han hecho y nos seguirán haciendo.

Fue una mujer extraordinaria, cargada de contradicciones, como casi todos nosotros, entusiasta de la vida, muy alegre, aunque también muy dramática. Trabajadora incansable, luchadora tenaz y más si se trataba de causas nobles, sencilla, de fácil trato, humilde, consciente de sus carencias, y muy temerosa de la opinión y el juicio de los demás, lo que generaba en ella un efecto completamente contrario al habitual: se rebelaba ante las normas y ayudaba siempre que podía a los que más lo necesitaban.

MamaSe negaba a vestir como mandaban los cánones. “Si vistes gris, te comportas gris.” Y ella necesitaba destacar, diferenciarse del resto. Odiaba los trajes chaqueta azules con topos blancos, no quería ir como las mujeres de su época. Lucía escotes generosos, túnicas largas, pendientes enormes, más una hilera de piercings el cada oreja… Se peinaba el cabello con sumo cuidado, ahuecando por aquí, soltando un rizo rojo por allá, prendiendo un mechón con sus clips de abalorios. Era una diva. En ella todo era exagerado. Pura energía y pasión. Tenía la voz diamantina y había cambiado una prometedora carrera operística como soprano dramática por una vida de trabajo, sacrificio y entrega. Hizo que amáramos la música de calidad, y convirtió nuestra infancia en una fantasía musical en la que unos u otros estábamos siempre cantando, haciendo números corales mientras limpiábamos el baño, ante el espejo, o lavábamos los platos. Recordarla a ella es volver oír su voz tan bien timbrada y es oír, al unísono, su risa y todo lo que nos cantó y nos dijo.

Con ella aprendí, también, a aceptar. Cuando una se mantiene fiel al lema de “genio y figura hasta la sepultura”, tiene un envejecer doloroso y triste, por rebelde…

—Si fuera vestida y calzada de otra manera, me caería ¿me entiendes? —me comentó un día que la encontré, ya anciana, preparada para salir a comprar. Se refería a sus altas botas blancas de charol, con plataforma, cubriendo unos pantalones bombachos de seda y a una de sus túnicas largas. Asentí—. Vestida así me siento yo, me siento segura. De otra forma perdería el equilibrio que me hace ir erguida y pisando fuerte.

Y la acompañaba de bracito al “súper” sintiéndome orgullosa de una madre tan estrafalaria.

Los años te enseñan lo que ocurre: el espíritu y la mente, al contrario que nuestro físico, no envejecen nunca: le costaba envejecer. Al final de su largo deterioro, ella quería irse, pero decía que la “fuerza” no la dejaba y, para demostrárnoslo respiraba profundamente y lanzaba un “La” al aire que sostenía con dramatismo…

Dos días antes de morir me dijo que tenía miedo.

—¿De qué? —Le pregunté acariciándole el cabello— ¿De qué tienes miedo?

—De no encontrar a mis padres.

—¿Les has avisado? ¿Les has dicho que vas? —ella asintió— Pues entonces tranquila, no temas nada, te están esperando.

—¿Seguro? —¡Cuánto echo de menos sus preguntas! — Seguro —Respondí sin dejar de sonreír y ella cerró los ojos agradecida.

El otro día explicaba en facebook con motivo del aniversario de su último día, que éste —ella ya en coma— había transcurrido, como no podía ser de otra manera, rodeada de todos nosotros y el ambiente lleno de canciones y flores.

Hoy, desde el blog, mi pequeño tributo con el más profundo de los sentimientos, a la que fue y sigue siendo sin ninguna duda uno de los mayores puntales de mi vida. Un ejemplo a seguir.

Mysteries of Love, fue el último tema que le canté al oído. Va por ti, amada, y por todos los que creemos, todavía, en los misterios del amor…

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