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Archive for 22 agosto 2013

Hace unos días comentaba en un debate en el que se hablaba sobre la humildad, y en el que no logramos ponernos de acuerdo sobre su significado: «cuando digo ‘según mi humilde opinión’ me refiero a que ésta no es ni más valiosa ni más importante que cualquier otra; de la misma manera que cuando escribo o digo ‘con toda humildad’ estoy diciendo que aunque crea o esté convencida de lo que digo, soy muy consciente de que puedo estar equivocada»

Así que hoy toca reflexionar en voz alta sobre este tema, que tanta confusión genera y que ya lleva unos días brincando por mi cabeza. Puede que parte de esa confusión venga dada por la raíz latina “humus” que nos remite a ras del suelo, que nos recuerda nuestra pequeñez y nos iguala al resto de los seres con los que compartimos planeta; puede que también venga de ese “origen humilde” que hace miles de años todos compartimos y del que ahora huímos como si fuera una enfermedad contagiosa; puede… También podría ser debido a nuestra tendencia a caer en los extremos: en uno nos anulamos y dejamos que nos pisoteen y, en el otro, sin dejar de alardear de una supuesta humildad, sentimos que nadie está a nuestra altura y que estamos por encima del bien y del mal.

Ser humilde significa darnos cuenta de nuestra insignificancia y de que, por mucho que sepamos, habrá conocimientos a los que nunca podremos acceder y se nos escaparán. La ignorancia es una constante de la que nadie puede huir: imposible abarcar todo el conocimiento, aunque en esta vida hay muchos que ignoran que no saben y, en consecuencia, creen saber.

La verdadera humildad la encontraríamos en aquellos que, siendo conscientes de estos vacíos, escuchan, atienden, preguntan, indagan, estimulan su curiosidad, capacidad de asombro y fascinación por las personas, por su vida, conocimientos, experiencias… y por todo lo que nos rodea.

El humilde no enjuicia ni juzga a los demás ni sus comportamientos, porque sabe que desconoce muchas de las cosas que podrían explicarlos. El humilde muestra un verdadero interés por los demás y nunca lo veremos actuar como un perdona-vidas.

La ceguera cognitiva, en ese hacernos creer que sabemos, nos aleja de información muy valiosa y necesaria para formarnos una idea aproximada de cómo pueden ser las cosas, personas, situaciones, conceptos…

Lo siento, tengo verdaderos problemas en anteponer el adjetivo falso a conceptos tan nobles: no existe la falsa humildad; en todo caso hablaríamos de soberbia ─su antónimo─ disimulada o disfrazada que, ante una mente distraída, podría pasar desapercibida. 

Humildad tiene que ver con sencillez, con moderación, respeto, elegancia, discreción… y también con una gran capacidad de apreciar y saborear los pequeños detalles que nos regala la vida a diario a través de las personas que nos acompañan en el camino y de este maravilloso entorno en el que habitamos y que con tanta soberbia estamos echando a perder.

Si somos capaces de cultivar nuestro respeto por los demás, seremos también capaces de escucharles y seguir aprendiendo los unos de los otros. Somos eternos aprendices que se equivocan constantemente. Somos como niños que intentan crecer agarrándose a certezas, a dogmas, a creencias y a modelos preestablecidos por no se sabe quién ni con qué intención. Somos frágiles en nuestra ignorancia y en nuestra necesidad de ocultarla.

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Así que… me declaro humana ─que también viene de humus─ y, por tanto, yerro, me equivoco y, a veces, meto la pata hasta el fondo.

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Hace ya tiempo que quería escribir sobre la asertividad y explicar, desde mi humilde opinión, en qué consiste este palabro tan confuso y complicado para una gram mayoría

Asertividad viene de aserto o afirmación del ser que se expresa… si bien las cosas no acostumbran a ser tan simples como aparentan, puesto que no implica decir sí a todo ni soltar lo primero que nos viene a la cabeza.

La asertividad es una de las habilidades adaptativas que más contribuyen a nuestra evolución y, por tanto, requiere de un largo período de entrenamiento hasta alcanzar un cierto dominio, ya que juegan en su contra infinidad de emociones, instintos primarios… y los prejuicios y creencias irracionales que desarrollamos a través del proceso de culturización y de cómo vivimos las experiencias.

Un buen dominio de la asertividad nos capacita no sólo para expresar nuestras opiniones, sino para hacerlo con adecuación al momento, a la persona y a la situación en sí. Ello requiere de un buen gobierno y administración de nuestro estado emocional, del entorno, de la oportunidad y del tiempo. Es por ello que, con toda probabilidad, nos resulta tan difícil: son muchos los parámetros que hay que considerar para ser asertivos (y de eso trata la complejidad).

La asertividad se asocia a una tabla de derechos asertivos, que iré desgranando en próximos post, aunque me inclino a verla más como un ejercicio de nuestros deberes, en tanto que ciudadanos, que como meros derechos (que conste que no es por llevar la contraria, jejeje…): tenemos no sólo el derecho de reclamar sino que tenemos la obligación de hacerlo cuando vemos que un servicio no está a la altura de lo que nos merecemos como personas.

 

Deber/Derecho a reclamar y quejarnos cuando lo consideramos oportuno

Asertividad1Elegancia, respeto, consideración… y firmeza en la puesta en acción de nuestros deberes/derechos, otorgan mucha más fuerza a nuestras reclamaciones que una simple pataleta, casi siempre en caliente y fuera de tono.

Voy a poner un ejemplo vivido en primera persona hace unos pocos meses, cuando estaba ingresada debido a un quiste hepático. Estaba en una habitación compartida. Mi compañera había sufrido un traumatismo en el pie (un autobús había invadido el andén peatonal y se lo había enganchado con la rueda, destrozándoselo). Llevaba casi cuatro meses ingresada, múltiples operaciones y se encontraba justo a mi lado con la fisioterapeuta que la ayudaba con la rehabilitación. Teníamos la televisión puesta con el volumen muy bajo. En aquel momento entró una patóloga para visitarme. Era muy joven y la primera vez que la veía. Corrió la cortina de separación y, casi en seguida, pidió que bajáramos el volumen de la televisión. Lo hicimos un poco extrañadas, porque apenas se oía. La fisioterapeuta, una excelente profesional, muy dulce y humana, le preguntó a mi compañera de habitación, con voz queda, si le dolía. La patóloga abrió la cortina y les dijo que ella era la doctora que me estaba visitando y necesitaba silencio. Cuando se giró hacia mí empezó a hacer unas muecas extrañas, por grotescas, y fuera de lugar. Ellas siguieron hablando muy flojito y “la doctora” volvió a insistir de malas maneras. “¡Mientras yo esté aquí, que soy una doctora visitando a mi paciente, no habla nadie!”. Me quedé helada, pero no dije nada. Me preguntó. “¿Ha perdido peso, sin causa aparente, alguna vez?” Empecé a responderle que sí, que hacía unos años…

Me interrumpió con un resoplido y muecas varias. “Le he preguntado si hace poco ha perdido peso.” Volví a insistir en que sí, que había tenido varios episodios de pérdida de peso bruscos y sin causa aparente… Me volvió a interrumpir esta vez con muecas de hartura y tono airado: “¿en los últimos 5 meses ha perdido más de 5 kilos sin causa aparente? “No”, fue mi seca y fría respuesta. Días después, horas antes de que me dieran el alta, fui a por una hoja de reclamaciones y describí el episodio con todo detalle, añadiendo que aquella médica, con su nombre y apellidos, no me parecía apta para el puesto que ocupaba, por maleducada, por falta de capacidad de escucha, empatía y poco profesional, ya que si me hubiera escuchado habría tenido muchas más probabilidades de acertar el diagnóstico. Me consta que recibió una amonestación por parte del director de su departamento y a los pocos días recibí una carta de agradecimiento por parte del servicio de atención al cliente del hospital.

Las reclamaciones y quejas son una parte importante de la asertividad y cumplen con una acción cívica de mejora de nuestra profesión, aunque a veces nos duela. Si en aquél momento le hubiera dicho lo que pensaba sobre su comportamiento puede que ─a pesar de la dosis de adrenalina generada─ hubiera conseguido desahogarme, aunque no habría surtido efecto alguno y, además, hubiera aumentado inútilmente el malestar de mis compañeras de habitación.

Gobernar nuestras respuestas verbales o de acción, considerar todos los parámetros: contexto, estado emocional del otro y/o los otros, tempo, oportunidades de acción (hojas de reclamaciones, en este caso), elegancia y respeto ─que siempre dignifican─, son, sin ninguna duda, artífices de una buena actitud asertiva.

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