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Archive for 28 abril 2011

La idea de vernos a nosotros mismos como el laboratorio más cercano, más a mano e inmediato, además de decentemente dotado, me parece cada vez más práctica, adecuada y oportuna para la experimentación y  el entrenamiento, que causan la modificación e integración de todo lo que vamos conociendo y aprendiendo. En ese vernos a nosotros mismos como laboratorio, nos metaposicionamos y nos distanciamos de las emociones básicas, las de primer nivel, a la vez que activamos una mirada un poco más objetiva y amplia, accediendo a más recursos y posibilidades, impulsados por la curiosidad que se dispara en ese tiempo que nos concedemos para el cuestionamiento y el descubrir.

Tiempo para el silencio, para la mirada interior, para las preguntas… Espacio para estar en soledad, para sumergirnos, para la introspección, para la mirada desapegada de toda intención o propósito, en ese ser y no-ser (contenido/continente, emisor/receptor) que pulsa en las esferas. Espacio y tiempo que, en caso de no concedernos, dificultarían -hasta impedir- la comprensión, el aprendizaje y, sobre todo, la coherencia de nuestros actos en ese “todo conocer es hacer y todo hacer es conocer” que nos proponen Humberto Maturana y Francisco Varela (El Árbol del Conocimiento) y, consecuentemente nos desautorizarían moralmente para transmitir ciertas ideas, teorías y ‘conocimientos’.

Hay que reivindicar la originalidad, lo genuino, lo innovador y creativo…  conscientes de que ello requerirá un proceso de interiorización y de experimentación, de tiempo y espacio, perfectamente observables y evaluables a través de actitudes, de formas de ser, de estar y de hacer, que llevan impresos el signo de la sabiduría y, por ende, el de la humildad. Hemos de acostumbrarnos a establecer sistemas de evaluación de la calidad en estos campos tan escurridizos como son todos los relativos al desarrollo humano (desarrollo personal, liderazgo en todas sus variantes, coaching en todas sus variantes, inteligencia emocional en todas sus variantes…). Como dice nuestro amigo Jesús, verdadero experto en temas de Calidad y Excelencia: “La norma normaliza…” Y así es y debe ser. Hay códigos, normas éticas que atañen a nuestra conducta y que miden o deberían medir el grado de calidad profesional según el nivel de coherencia entre lo que se dice y lo que se aplica o hace. (Una cierta comunión entre el qué, el quién, el cómo, el para qué, el por qué, el cuándo, el dónde…).

Hace unos pocos días, me enteré, de una manera absolutamente casual, del pequeño escándalo que se había generado alrededor de un joven divulgador, periodista y escritor sobre temas de desarrollo personal, acusado de “copia y pega” en uno de sus artículos publicado en El País. No es mi intención enjuiciar o publicitar este tipo de comportamientos citando nombres, pero sí, en cambio, abrir una reflexión sobre esa tendencia, creciente, de hablar y escribir sobre temas en los que uno no ha podido o no ha querido profundizar. Tuve la oportunidad de ver al autor del plagio en una conferencia hace ya casi un año. No recuerdo muy bien el título de la charla, aunque sí recuerdo que fui con muchas ganas y con la ilusión de encontrarme con nuevas propuestas, tanto por la juventud del ponente (y la fama que le precedía) como por la apuesta de los emprendedores que lo habían invitado. Llegó con más de una hora de retraso y muy acelerado… Nos puede pasar a todos, pensé en un primer momento, aunque luego nos dio a entender que esa prisa y aceleración eran algo habitual en él.

Ahí empecé a darme cuenta de que nuestra relación con el tiempo y su manejo era algo que debíamos empezar a considerar como sistema de evaluación en estos temas, digamos, más ambiguos y abstractos… y que había, y hay, muchas personas que se dedican a acumular y a transmitir información (conocimientos, los llaman) sin procesarla, induciendo sin pretenderlo a una mayor confusión sobre lo que pretenden enseñar.

Interiorizar el conocimiento y hacerlo nuestro estableciendo relaciones, aprehendiéndolo, integrándolo en nuestro quehacer diario, con la mirada puesta en nosotros mismos, además de en el contexto con el que interaccionamos e interactuamos. A lo largo del proceso de experimentación y aprendizaje, el conocimiento se transforma… cambia de forma, incluso a veces de nomenclatura, adaptándose a nosotros a través de lo vivido y descubierto en su observación.

Si queremos ser originales, atrevidos e innovadores, debemos ir mucho más allá de lo que nos proponen algunos de divulgadores ‘famosos’, que en muchos casos sólo saben repetir (cortar y pegar) lo que algunos han descubierto, sin haberlo experimentado en sí mismos… y convertirnos en ‘laboratorios vivientes’: ello garantizará siempre la originalidad en nuestras obras y nos otorgará una cierta autoridad moral para luego  hablar de ello.

¿Con qué autoridad moral podemos hablar de respeto y de responsabilidad, entre otras cosas, si llegamos con retraso, resoplando, explicando que nos hemos confundido y confesando que no tenemos ni idea de cuántos minutos va a durar nuestra exposición? ¿Qué podemos interiorizar si vamos todo el día con el cohete enchufado? ¿Cuánto tiempo dedicamos a experimentar y a poner en práctica, para poder comprender aquello que explicamos luego en las aulas y centros de conferencias?

He encontrado esta fantástica cita de Paul Valéry, en el blog de Joselu, profesor de secundaria: “Nada más original ni más personal que nutrirse de los otros. Pero es necesario digerirlos. El león está hecho de cordero asimilado”… Dí que sí! Crecer por intususcepción, of course ;-)!

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La audacia es una cualidad, es el empuje, el valor, el esfuerzo del ánimo, la determinación, la capacidad de resolución, la firmeza de carácter… Confucio, filósofo y místico chino, dice: “Conocer lo que es justo y no ejecutarlo, demuestra falta de valor, falta de audacia”. En realidad la persona audaz emprende acciones, que podrían parecer poco prudentes (a ojos de los que hayan considerado pocos parámetros), a partir de un análisis muy sereno de la realidad, de las posibilidades de conseguir un bien y de la percepción de sus riesgos, sus costes y posibilidades de acción. La audacia no tiene nada que  ver en tomar decisiones poco prudentes. La audacia llega después de un profundo  análisis de la situación y del contexto, de una seria reflexión sobre la cuestión, de una elección entre las posibles acciones y de la determinación de emprenderlas, a pesar de la dificultad que puedan comportar.

Es audaz el que toma una decisión, después de la debida reflexión, por difícil que resulte su realización. Es audaz el que, una vez balanceados los beneficios y los costes de una acción determinada, le emprende con entusiasmo y confianza. Lo es, también, quien -siempre luego de la reflexión y la ponderación- se lanza, a pesar de las dificultades entrevistas. La audacia es como un tipo de atrevimiento mesurado, en absoluto imprudente, para emprender acciones inteligentes a modo de apuesta, y que exigen un esfuerzo extra debido a la incertidumbre de los resultados. Todo esto me hace pensar que nos falta un poco -mucha- audacia en todos los aspectos que creemos que podrían funcionar mejor. Atreverse a hacer, a proponer, a mojarse, a meterse, a decidir, a ir más allá de lo establecido o considerado normal. Nuestra sociedad actual, en plena crisis de valores fundamentales, con esta visión superficial, adormida, acomodada y frívola de la realidad, pide un esfuerzo muy grande para salir de la mediocridad en la que estamos instalados. Pide audacia a gritos. La pide a los políticos, para que sean verdaderos ejecutores de programas destinados a mejorar la vida de aquellos que representan, con la premisa de que tendrán que considerarla toda -incluso la de los no nacidos- y no sólo ese ‘día a día’ lleno de soluciones para ‘salir del paso’ o para ganar las próximas elecciones. La pide a los emprendedores y empresarios, para que sean capaces de innovar y de aventurarse en las travesías del cambio. La pide a los artistas y creativos en general, para encontrar nuevas formas de atrapar le atención, para hacer llegar mensajes que transformen y enriquezcan a los receptores de sus expresiones artísticas. Nos la pide a nosotros, porque sin audacia difícilmente podremos emprender nuevas metas y objetivos.

La audacia nos permite ir más allá, evolucionar y mejorar. Entonces… ¿Cómo es que no somos audaces? ¿Por qué nos da tanto miedo dar el primer paso, a pesar de saber, después de tanta reflexión, que las cosas podrían ser mucho mejor si las hiciéramos de otra manera?

Esta mañana he recordado que hace unos años, después de las revueltas juveniles y la quema de coches, el gobierno francés se había propuesto enseñar qué era el respeto en las escuelas y que no habían encontrado la forma… ¿Qué nos pasa? ¿Cómo es que nos frenamos con tanta facilidad? ¿De qué tenemos miedo? ¿Qué nos impide tener una poco más de audacia y atrevernos con fórmulas innovadoras, más adecuadas al momento actual? ¿Tememos ser políticamente incorrectos? ¿Tememos más al qué dirán que a seguir empeorando las cosas?

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La primavera es una estación muy especial… y parece que este año, que anda un poco revolucionada, nos ha querido obsequiar con una auténtica explosión de color y aromas, con la wisteria o glicina, antes de la época habitual y con todo su esplendor… sin heridas ni pérdidas por los habituales granizos de abril.

La glicina es una planta muy especial para mí. Forma parte de los olores de los veranos de mi infancia, en una torre que mis padres alquilaban, cerca de Barcelona, para no volverse locos con los 10 hijos encerrados en un piso, correteando y persiguiéndose a su alrededor, chillando como histéricos. Era una torre grande, con enormes terrazas y un hermoso jardín, lleno de pinos, arbustos y flores… pero la reina, la más grande de todas, era la wisteria que lloraba a ambos lados de la entrada, como un pequeño sauce  violeta y muy aromático.

Mi tendencia al nomadismo ha hecho que ésta sea la primera que consigo ver, cultivada por nosostros, con un desarrollo más que generoso. Es joven. Tiene unos diez años, pero su tronco es la expresión viva de la robustez y nervio de los que es capaz. Y su olor… curioso tema el del olfato…  Hace años leí, no recuerdo dónde, que el olfato podría ser el primero de nuestros sentidos, el más ancestral, y una de las más potentes herramientas de traslación, en tiempo y en espacio. El olfato te abduce, te arrebata, te traslada al momento y lugar donde se registró la impresión mental y vuelves a revivirlo: te ves, ves el entorno y percibes -de nuevo- el aroma del momento…

Las impresiones mentales son registros que podrían requerir -entre otras- de tres funciones:

La función discriminación o capacidad de elección/omisión: de entre todos los inputs sensoriales (relativos al olfato, vista, oído, tacto y gusto) que recibe nuestro cerebro, nuestra mente podría estar seleccionando, de forma automática (en estados de baja atención), aquellos que realmente sirven a la experiencia y omitiendo a los que considera superfluos.

La función modelización o generalización: nuestro cerebro podría registrar todas y cada una de nuestras experiencias y momentos, con todos los datos e información provenientes de los sentidos; de esta manera, cada experiencia vivida supondría un paso más hacia el aprendizaje y no tendríamos que partir siempre de cero. Esta función bien podría decirnos que formamos  parte de una naturaleza gradiente…

La función distorsión o imaginación: porque parece ser que somos capaces de inventar y de  crear y recrear nuevas formas, completamente distintas, en base a lo vivido y experimentado, porque nuestra mente se muestra como interpretativa, viviendo en permanente estado de ‘ilusión’, ‘maya’ y/o ‘engaño’, construyendo ‘su’ realidad según va interpretando lo que sucede…

Alucinante: parece ser que la realidad es una construcción de nuestra mente a través de una serie de inputs o entradas de datos e información sensorial… y apenas tenemos consciencia de nuestros sentidos, ni los cuidamos y atendemos.

Hace poco, hicimos una prueba auditiva. Conectamos un iPod al equipo de alta fidelidad (habrá que empezar a distinguir entre equipo de música y de Hi-Fi) y el resultado fue brutal: sonido completamente plano, pobre en registros, sin dinámica ni profundidad, estridente, repiqueteante y muy molesto. La información auditiva y olfativa que reciben nuestros sentidos es cada vez de más baja calidad. Comprimimos los temas para poderlos escuchar en un mp3 y no nos percatamos de la información auditiva que sacrificamos por el camino. Llenamos las habitaciones de nuestras casas con ambientadores químicos con olor a flores y ya ni sabemos cómo huelen las de verdad…

Bendita wisteria… ¡cuánto has alargado hoy tu aroma! Te voy a echar de menos cuando me vaya a Extremadura… pero, tranquila, que allí tendrás varias hermanas. Espero conseguir verlas tan robustas y espléndidas como a ti, en este año de calor temprano… (Va por ti, papá… todavía te recuerdo regándolas: tú me enseñaste a amarlas!)

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Lo confieso: cuando niña, era una auténtica devoradora de las fantasías más inverosímiles. Mis primeras lecturas fueron los cuentos de hadas, y me encantaban. Recuerdo desde las hadas de las nieves (¡las nórdicas!), siempre muy bondadosas, blancas y rubias, hasta las más asilvestradas y apasionadas, casi siempre meridionales. A medida que iba avanzando en comprensión lectora y en fantasía e imaginación, el nivel de exigencia de mis lecturas fue in crescendo, demandando héroes más cotidianos y gestas de aventureros y buscadores e investigadores de todo tipo… y así, hasta la fecha.

Desde que recuerdo, me gustan las personas luchadoras y las historias de superación. A ellas les debo, muy probablemente, este espíritu inquieto y curioso. ¿Los cuentos de hadas? Bueno, fueron fantásticos para poner en marcha todo el engranaje de la fantasía y la ilusión, de manera tan suave y edulcorada… pero nada que ver con las aventuras de los intrépidos aventureros, de las personas valientes, coherentes hasta la médula, que superaban con mucho ingenio y grandes dosis de humor las situaciones más inverosímiles e irreales. Éstas últimas son las que me forjaron, sin ninguna duda.

¿Y… qué tiene que ver todo esto con la envidia? Muy fácil. Mi pasión por la etimología de las palabras me llevó hace años a un sorprendente descubrimiento: envidia significa, en latín, invidere (no ver). La primera pregunta que acudió a mi mente en cuanto lo leí, fue ¿en qué es ciega la envidia? ¿Qué es lo que no ve la envidia? Lo que no ve la envidia es el trayecto. La envidia, en su ceguera, no ve el camino que hay que recorrer para llegar a unos determinados resultados; no se da cuenta del tiempo que hay que invertir ni de los esfuerzos que hay que emplear ni de las estrategias ni de los intentos y fracasos, de los desánimos, de los ‘no hay que rendirse, habrá que intentarlo una y otra vez hasta conseguirlo’… ni de todo lo que hay que sufrir para alcanzar lo que uno se propone.

La envidia ciega hasta el punto de hacer creer que o se nace dotado o no hay nada que hacer. El envidioso (al menos así me lo imagino cuando me dejo llevar por la fantasía), es una persona que nunca ha dejado de creer en los cuentos de hadas y está convencido de que unos fueron tocados con la varita de la estrella, dotándoles con los mejores dones, talentos y oportunidades para una vida llena de éxitos, y que otros pocos (ellos incluidos), tuvieron la mala fortuna de nacer un día en el que todas las hadas buenas, hermosas y rubias, estaban ocupadas… con lo que sólo les quedó la opción de las hadas malvadas, vengativas y rencorosas, también llamadas brujas, que les tocaron con el palo de su escoba.

Los envidiosos creen que hay personas que han nacido con estrella y otros que han nacido estrellados. Por eso no hay que desesperar con ellos: nunca es tarde para despertar, abrir los ojos y darnos cuenta de que somos los únicos responsables de todos y cada uno de nuestros actos, de que todo depende de nuestro empuje y de nuestra capacidad para aprovechar las oportunidades que nos presenta la vida -casi siempre en forma de adversidades- para que podamos seguir creciendo. La envidia nos hace observadores frustrados de la vida (¡queremos ser parte activa, pero nos frenan los miedos!).

Dicen que el nuestro es un país de envidiosos… no lo sé. Lo único que sé (creo) es que la envidia corroe al que la siente y hace que muchas personas no brillen como debieran… y eso, a veces, entristece…

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