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2015: Un año para cambiar

Vamos acabando el año y haciendo recapitulación de lo que ha dado de sí 2014. Lo primero que constato es que llevo meses sin postear ninguna nueva entrada y esto es un indicador de que ha sido un año, como el anterior, especialmente duro a nivel personal, con muchos cambios… y, me temo, que somos muchos los que lo estamos pasando mal.
2014 nos deja un paisaje más yermo y seco que el anterior. Los desatinos de nuestros gobiernos (sí, sí, en plural, que no hay que olvidarse de los autonómicos) se suman por decenas. Quieren amordazarnos pero no lo conseguirán, porque la escasez y las injusticias agudizan las ideas y hacen emerger el ingenio.
2014 tiene que ser el último de tantos años de desatinos. Sus leyes, decisiones, recortes, puertas giratorias y sus altos índices de corrupción han tensado tanto las cuerdas que ya empiezan a deshilacharse. Han colmado el vaso; ya no caben más desvaríos: decenas de miles de jóvenes sin oportunidades laborales teniendo que emigrar; decenas de miles de familias sin ningún tipo de ingreso; ancianos que con sus míseras pensiones se ven obligados a mantener a sus hijos y nietos; millones de adultos y niños pasando hambre y con serios problemas de nutrición; pobreza energética, frío, desahucios, recortes en sanidad, privación de medicamentos que pueden salvar vidas…
Ahora toca un cambio de los de verdad, de los de ponerlo todo al revés, de los de revisar con minuciosidad, para poder desechar lo que no nos sirve, lo que nos oprime intentando ahogar nuestras voces y nuestras vidas mientras unos pocos siguen enriqueciéndose a nuestra costa.
2015 ha de ser el año del ¡BASTA YA! Bien alto, con la voz en grito, con mucha determinación y dispuestos, de verdad, a cambiar las cosas. No estamos indefensos: somos una mayoría aplastante, somos el 99 por ciento de la población y, juntos, PODREMOS con ellos. Lo único que nos falta es convencernos de que el cambio no puede venir de este 1 por ciento que nos ahoga ni de sus lacayos políticos.
Somos nosotros, los de a pie, el pueblo, los que tenemos que empezar a cambiar nuestros hábitos y dejar de comer de su mano. Somos nosotros los que tenemos que empezar tomar decisiones y ser coherentes con nuestras acciones… pero de verdad. Pongamos por ejemplo la nueva ley de la propiedad intelectual hecha para complacer a AEDE. Sí, esta ley que ha hecho que Google News cerrara sus puertas en España: desde que empezó a gestarse se promovió un boicot a todos estos medios con la finalidad de que, alertados por la bajada de visitas en sus versiones electrónicas desistieran de seguir adelante con la ley. A día de hoy sigo viendo que la gran mayoría de mis contactos en las RRSS siguen enlazando a estos medios. Lo queremos todo sin hacer nada y esto es justo lo que deberemos cambiar.
Si no reaccionamos, si no nos unimos, si no somos capaces de esforzarnos por cambiar, si no empezamos a ayudarnos de verdad unos a otros, a autogestionarnos, si no hacemos valer nuestra voz y capacidad de acción… seguirán pensando que lo nuestro es ya una indefensión asumida y les daremos alas para seguir con sus leyes absurdas, injusticias, corrupciones y abusos de poder.
Emulemos a los griegos que se están volcando en la autogestión, hagamos del Sur de Europa la simiente del cambio en Europa y seamos coherentes, por mucho que nos cueste. Este es mi deseo para 2015.
¡Una excelente entrada al 2015 y salud, fuerza y trabajo para todos!

No soy muy de hablar de temas sobre escritores o literatura, pero acabo de leer un artículo en La Vanguardia  compartido en los muros de compañeros de facebook, del que destaco el párrafo que sigue, y me han venido ganas de jugar.

«Otro pilar de la conversación giró en torno a la simbiosis entre literatura y marketing: “ahora la publicidad es parte del trabajo de escritor”, lamenta el escritor Eduardo Mendoza. La repercusión de esta moda de escritor-estrella mediática se hace patente también desde el otro lado: “la calidad de las novelas ya no es suficiente” reconoce la agente literaria Sandra Bruna, quien admite que han dejado de sacar títulos porque el autor no daba el perfil para salir en los medios: “¿pero es guapo?” le han llegado a preguntar sobre el autor de un manuscrito más que decente.»

He leído algunos de los comentarios que se han generado en los distintos muros y me he dado cuenta de que estos son debates y letanías que se repiten casi a diario entre algunos escritores: “no triunfa quien mejor escribe sino el que más vende”: hay que machacar publicitándonos, generando polémica, escribiendo consejos y recomendaciones, marcando terreno, haciendo de palmero/a, cepillando chaquetas, seduciendo, enseñando dientes…

Y al final resulta que, entre una parte muy importante del colectivo de juntapalabras, todo se reduce al consumo. Incluso desde posiciones abiertamente declaradas anticapitalistas y/o anarcolibertarias he visto emerger, como las setas después de quince días seguidos de lluvia a finales de agosto, papers, manuales, artículos, posts, cursos, talleres y también a infinidad de gurúes, mentores, coaches, trainers… dispuestos a indicarnos qué hacer, qué no hacer, a enseñarnos cómo hacerlo y acompañarnos para mejorar nuestros resultados. El virus se ha extendido: vender, vender y vender. Conseguir ventas. Apuntar hacia el target, disparar con pulso firme y el ojo sin parpadear puesto en el círculo rojo. Conseguir lectores que paguen por el sudor de nuestras neuronas… y cuantos más, mejor.

Mientras nos quejamos de lo mal que está todo y nos adherimos con nuestros likes, compartiendo y comentando, a los mensajes y causas más variopintos —que van desde los efectos luminiscentes de los flowerpower cantando su particular harekrishnaharehare, hasta los rincones más sombríos del bosque donde voces de seres oscuros claman venganza ofreciéndonos un hacha para empezar a cortar las cabezas que sobresalen de un sistema que todo lo engulle—, seguimos obsesionados por los resultados, por la meta, por el fin.

O sea, que puede darse el caso de que después de habernos identificado con un mensaje (¡qué bonitos son algunos memes y cuánto nos gustaría haber sido sus “creadores”!) de esos que nos dicen que «es más importante el camino que el destino» o que «un hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo», nos pongamos a debatir sobre lo injusto que resulta que unos vendan tanto “solo” porque son famosos y/o guapos (obviando que la industria es una y juega siempre con los dados trucados), a hablar sobre cuáles son las mejores estrategias para cubrir esta falta de estrellato, sobre si la hora del escritor sale a cincuenta céntimos y que con eso no hay quien coma y bla, bla, bla…

El universo con el que conecta mi mente es más apacible. Escribo porque no puedo ni quiero dejar de hacerlo. Porque me gustan el silencio y la soledad del escritorio. Porque las palabras me llaman con fuerza y piden ser juntadas y ordenadas para copular, con sus disyuntivas y proposiciones, con sus predicados y afirmaciones. Expresión de uno mismo, dibujar algunos pasos del baile de la vida, nuestros vuelos por otros mundos…

Me viene a la memoria el último comentario de un hermano mío (que tuvo lugar el último año del siglo pasado, jejeje…), cuando realizaba una crítica (positiva, ¡cómo no!) a un libro mío que acababa de leer. «De todas formas, aunque ya te he dicho que me ha gustado mucho y tienes mucha mano, creo que utilizas demasiadas palabras, puede que yo sea hombre al que no le gustan mucho, pero creo que las cosas se pueden explicar con menos… aunque reconozco que es todo un arte y lo haces muy bien».

Aprovecho ahora para agradecer a mi hermano este comentario en especial, por todo lo que generó en mi cabeza. Me esforcé en la síntesis, aprendí a ser más austera con ellas… y descubrí que la llamada no había perdido ni un ápice de fuerza: su poder seguía intacto. Volví a pensar (a entender como un proceso que duró años) en mi hermano y entonces me di cuenta de algo que en su momento había pasado por alto: su pasión y arte con las esculturas de madera. Vi los enormes osos que vigilan escondidos entre sauces y ginkgo biloba, al fondo del prado que hay delante de su casa (al más anciano lo incineramos la pasada verbena de San Juan en una preciosa hoguera, como veréis en el vídeo si consigo subirlo). Lleva toda la vida jugando con troncos y haciendo pequeños muebles y esculturas por encargo… preciosos. No vive de ello, es su pasión. Una fuerza que le empuja a jugar con la madera y crear nuevas formas con ella. A parte de lo que hace, a mí también me gustan los troncos de algunos árboles y me encanta cuando descubro un trozo seco con formas bellas que se han ido desarrollando de manera natural. Así. Desnudo. Tal cual.

Al final te das cuenta que cada uno es libre de hacer aquello que más le plazca, que si hay algo que te apasiona vale la pena lanzarse a ello y bucear en sus aguas más profundas. Hace poco leí un artículo que ahora viene al caso. No me descubrió nada nuevo, puesto que es un tema con el que he machacado a muchos en mis cursos durante más de quince años, pero sirve como ejemplo de lo que me gustaría transmitir con este post y lo tengo a mano para enlazar. Destaco: «Un sistema de rutinas automatizadas que alcanza cierto nivel de complejidad exige un mecanismo de alto nivel que permita que las partes se comuniquen, administre los recursos y asigne el control». O sea, leer, leer, leer, escribir, escribir, escribir… alimentar nuestro inconsciente para que luego pueda correr, juguetear libre y sin ningún tipo de atadura y dejarnos de tantas monsergas.

Aunque bien mirado… Me han venido ganas de jugar a mí también y voy a permitirme una pequeña gamberrada que espero no ofenda a nadie. Los que me conocen bien saben que no me gustan las categorizaciones y taxonomías: voy a divertirme un rato jugando con ellas intentado diferenciar tres grupos de escritores-juntapalabras tal y como yo, desde mi humilde posición, puedo verlos.

Sin apegos, esto es, sin ganas de andar luego clasificando y todo eso. Allá cada cual con su forma de verse y entenderse. Yo tengo muy clara mi mezcla ya que, como en todo, siempre hay grados y porcentajes. En mi caso me acerco mucho al Principio de Pareto.

Ahí van:

Cucaracha
Los que escriben porque se sienten empujados a ello (fuerza télica), lo hacen desde siempre —y no puede dejar de hacerlo—, sin que les importe dar a conocer su obra. La pasión les mueve. Escriben por placer. Disfrutan. Leen. Devoran todos los libros que caen en sus manos. Aprenden. Desarrollan un criterio. Escriben. Sufren. Se entrenan. Viven en un caparazón y su mundo interior es muy rico y diverso, lleno de matices y sabores agridulces.

Girasol
Los que les gusta escribir, lo han hecho de forma esporádica, les han dicho que no lo hacían mal y han decidido rentabilizar esta habilidad/talento. Intentan explotar los géneros/estilos que les han hecho merecedores del reconocimiento. Les ha gustado su sabor dulce y quieren más. Investigan por dónde van los tiros, seleccionan su target. Leen libros relacionados con los géneros de moda, estudian, aprenden en cursos, talleres, manuales… se publicitan, machacan con sus obras y aspiran, algún día, llegar a ser la estrella mayor.

Estrella
Los que lo hacen porque buscan fama -léase ventas- y/o porque ya tienen una cierta notoriedad y persiguen afianzarla y aumentarla. Son personas públicas, presentes en los medios de comunicación por motivos completamente ajenos a la literatura. Nunca han escrito un libro ni han sentido la necesidad de hacerlo. Lo hacen (o lo encargan) porque es lo que toca para estar en boca de todos y prolongar su presencia en los medios. Son la estrella que todos desean emular y que el sistema promueve, porque, proporcionalmente, es el que vende más con menos esfuerzo.

Ha sido un juego, nada más. Me lo he pasado bien juntando cuatro palabras y montando este post.

¡Espero que lo disfrutéis!

¡Felices 58, baby!

Cincuenta y ocho ya y rozando los sesenta, como quien no quiere la cosa… Mamma mia, si son apenas un fulgor, un destello! Tempore, tempora, tempera… no sé yo, hummm… Mucho me temo que para atemperar el tiempo hace falta algo más que tiempo.
Mi espíritu, mi alma o como quiera que llamemos a “eso” que nos ocupa y somos, no va parejo al proceso de maduración e incipiente deterioro de la carcasa que me sustenta. Sigo siendo la niña. Todavía soy ella y lo sé porque reconozco su ímpetu, sus ilusiones, su energía… su risa. Hay otra ella o yo, depende de cómo se mire, un poco más seria, más templada, reflexiva, inquisitiva, amante de la soledad y la contemplación. Y hay muchas más ellas con distintas experiencias y recorridos. Todas válidas. Unas más sabias que otras, aunque todas aprendices, humildes, y muy alegres unas y tendentes a la nostalgia otras. Es lo que hay, si bien la que se erige por encima de todas, la esencia de todas ellas, es la que más cuesta de definir, porque contiene de la más niña a la más vieja.
3 generationsImposible ponerle un rostro y reconocerse en él. A esta edad y desde esta consciencia, hay una parte que se escinde de kronos y se convierte en kairós, en el que todo lo importante, adecuado y oportuno, está presente. Descubres que somos miles, millones de partes entrelazadas unas con otras de instantes rescatados por hechos que luego influyen y confluyen en el océano de la complejidad que no cesa de generarnos.
Descubres también, como niña/anciana que aquello a lo que llamamos ego no existe, que solo es una identificación, un engaño, otro más, de nuestra mente egótica o egocentrista. No somos nada y lo somos todo: somos la parte de la parte de la parte de la parte de la parte de la parte de la parte…∞.
Me gusta que sea así, complejo, lo hace más interesante si cabe. Así que ya veis, me siento razonablemente feliz, contenta por el camino recorrido, por esa niña que nunca me abandona, por las decisiones tomadas, por los cambios de dirección, por todas y cada una de las crisis existenciales, por las preguntas que todavía siguen martilleando… por las magníficas y generosas personas con las que me he cruzado y seguiré cruzándome en el recorrido, reales y virtuales, por la magnífica familia que me ha tocado en suerte, a cual más especial y único… y por Antonio, el mejor compañero para las fatigas y los momentos de gloria.
¡Va por ti, niña/anciana, para que sigas dándote cuenta y alucinando pepinos!
¡Felices 58, baby!

 

Este es un tema sobre el que hace tiempo quería escribir… y, como acostumbra a suceder, las circunstancias se han encargado de cerrar el círculo en estos últimos días. Lo que en su inicio era una idea borrosa, ahora tiene sus contornos más definidos de manera que ya puedo distinguir las formas, con sus luces y sus sombras.
Quería cumplir mi amenaza y continuar el post dedicado a explicar la Pirámide de Maslow, que escribí con cierta sorna. Seguir allí donde me había quedado, en la búsqueda hacia la autorrealización. Pero ya no tengo ganas de escribir para políticos. Me cansan, desaniman, agotan… y no deseo malgastar mi energía en ello. Me interesan mucho más las personas, nosotros, los oprimidos hasta la estrangulación por un sistema del que, paradójicamente y desde la complejidad, somos nada, parte y todo. De manera que, si bien este post viene a continuación del citado, intentaré que sea como un sano ejercicio de compartir aquello que he sido capaz de descubrir y entender a lo largo de este camino de búsqueda y aprendizaje en el que todavía sigo.
Imagino que más de uno habrá interpretado el título como “Búsqueda contra/frente Comprensión”. A pesar de que generalmente le damos el uso contrario Versus significa ‘ir hacia’… y siento un gran placer cuando puedo elegirla, porque evoca o llama a entregar(se), verter(se)… y se define ella sola, como las grandes palabras/concepto, con innumerable cantidad de matices.
Lo que en un principio Maslow definía en su jerarquía de las necesidades como autorrealización, fue posteriormente desarrollado por él mismo (en “La Personalidad Creadora”) y ampliado hacia la necesidad de comprender el mundo, a nosotros, a los otros, a lo que nos rodea, a la búsqueda hacia el saber, entender y comprendernos. No hay más. Solo el camino que nos lleva a ello y que nunca abandonaremos. Casi todo lo demás es mentira. Este es el más alto nivel según la jerarquía de Maslow . De esta manera, Maslow hablaba de personas autorrealizadoras, como las que son a través de esta búsqueda. Es el mayor nivel de exigencia y es un camino que, además de tener grados o niveles, es complicado, abrupto, conlleva sufrimiento y, debido a ello, resulta muy poco transitado.
Esta era la idea borrosa de la que os hablaba al principio, y tiene mucho que ver con la cruda realidad y con el bombardeo memético de los últimos años relacionado con la búsqueda de la felicidad que intentan inculcarnos con mensajes positivos a todas horas. No digo que no esté de acuerdo con alguna de estas miles de citas o aforismas que circulan por las redes —sin olvidar nunca que “del dicho al hecho hay un enorme trecho”—, lo que intento decir es que debemos ser conscientes para ver y comprender la gran mentira que subyace detrás de esta tremenda campaña propagandística, por un lado, y del peligro que corremos creyendo que por el mero hecho de compartir, haciendo nuestra una sentencia breve, maravillosa y con tono doctrinal, vayamos a brillar y a impregnarnos de su glamour.
Nos quieren cómodos y anestesiados ante un falso “preciosismo”, que solo abona terreno para el engorde de nuestros egos. Mensajes del tipo “porque yo lo valgo” pueden hacer sentir mucho peor a alguien que ya lo está pasando muy mal y que sufra por doble motivo: por el dolor de tener que vivir un momento de dificultad (debido a causas económicas o laborales, de pérdida, enfermedad, incapacidad, miedos, inseguridad, estrés…) y por la idea/pensamiento de injusticia que se genera cuando creemos que debería irnos de otra manera si hiciéramos lo correcto. “¿Por qué a mí?, ¿qué he hecho yo para merecer esto?, ¿qué estoy haciendo mal, que todo me sale del revés?”.
Me ha costado casi una vida entera darme cuenta (“tempora tempore tempera“, decían los latinos: atempera los tiempos con el tiempo), comprender la magnitud de la búsqueda y aceptar el interrogante como principio y fin de todas las cosas.
La búsqueda resquebraja, divide, fracciona, rompe… así como también une, suma, completa, construye… La búsqueda es generadora de dolor y sufrimiento y, de la misma forma, generadora de placer, felicidad y ataraxia. En la búsqueda, como en tantos otros conceptos, se hallan incluidos los extremos u opuestos y, para llegar a buen fin, hay que acometerla siguiendo el compás de la alternancia: ahora mucho esfuerzo, lucha, incomprensión, entrega incondicional, sufrimiento… luego descanso, paz, comprensión, serenidad…
bearwalkingAcostumbro a definirme como ciudadana y eterna aprendiz, lo que también significa buscadora tenaz. Muchos años de búsqueda, sí, y mucho sufrimiento negado con risas, optimismo y buen humor hasta que al fin descubres que no hay nada que negar y sí, en cambio, mucho por reivindicar: miedos, dudas, lágrimas, cada uno de los dolores y sufrimientos del alma, decaimientos, tropiezos, desánimos… puesto que todos ellos han sido los peldaños de esa escalera que llamamos vida. Una escalera de caracol herrumbrosa, colgada de un risco, que puede que además de algún que otro susto nos regale también (en presente) grandes momentos de belleza, lucidez e imperturbabilidad… aunque luego se desvanezcan al continuar apostando por el límite, por la razón fronteriza y por la incomodidad del lecho de clavos (somos un poco faquires, sí).
Es probable que algunas veces sea la propia vida y nuestras circunstancias las que nos coloquen en la senda de los buscadores, que no la hayamos elegido del todo y que haya sido nuestra forma de afrontar situaciones, las más duras y extremas, las que exigen grandes esfuerzos y mucha lucha para superarlas, lo que nos haya llevado allí.
La aceptación incondicional, que podemos entrenar mediante una actitud epoché , y el cultivo de la duda constante para intentar comprender y comprendernos, así, en fraternal alternancia, serán nuestras mejores aliadas. Porque los buscadores somos gente rara, más cercana a los lobos esteparios que al ruido mundano. Gustamos de conversaciones profundas, de momentos ociosos de contemplación, soledad, aventuras arriesgadas y, en definitiva, de una vida alejada de los estándares y de la comodidad. Buscamos comprender a través del resplandor de la belleza, del brillo que emite la conformidad de las partes que forman este todo, del que también somos parte, e indagamos sumergidos en el caos a la espera de la emergencia de nuevas estructuras que disipen las sombras, conscientes de que no lo conseguiremos.
Leemos, investigamos, dudamos, apostamos… sin creer en nada, para comprender el todo. Y ahí radica nuestra fuerza: el espíritu del buscador no se contentará ni se asentará en esa tierra prometida llamada felicidad. El espíritu del buscador vaga errante, cual nómada en busca de una fértil comprensión, sin pausa ni descanso… lo que ciertamente nos convierte en un ser suficientemente indómito como para no creernos los discursos de quienes nos prometen una vida/mundo mejor. Estamos lejos, muy lejos, de esta promesa. Primero necesitamos conocer, comprender, aprehender, darnos cuenta, ser conscientes y actuar en consecuencia. ¿Qué para ello todavía faltan eones? Seguro que sí y, precisamente por ello, vamos a seguir… sin prisa aunque sin pausa.
Así que disculpen que no aplauda ni comulgue con las miles de fórmulas y recetas mágicas —tan prolíficas en las redes y en muchos de los cursos que se imparten— que nos intentan vender en pos de una falsa felicidad. La vida de los buscadores es una vida de sufrimiento, de caídas, de golpes, encuentros… ¿Optimismo? El que necesitemos para levantarnos después de cada tropiezo o decepción y poder hacerlo con nuevos empujes. ¿Felicidad? La que precisemos, ni más ni menos, y prudentemente administrada en dosis homeopáticas para no caer en manos de los que pretenden que nos durmamos cómodamente en el sillón haciéndonos creer que no hay nada que comprender. Y es que, como dicen que dijo Sócrates, “solo existe un bien: el conocimiento; solo existe un mal: la ignorancia”.
No son buenos momentos para nuestro planeta ni para sus habitantes, todos. Y es por ello me reivindico inquieta, rebelde y eterna buscadora…

Cal Recader

Tengo ganas de escribir dentro de la normalidad, aunque creo que tendrán que pasar todavía algunas semanas… Necesito fluir, inducida por un arrobo, arrebatadas atención y alma por voluntades lejanas a la cotidianeidad.
Lo necesito como el aire que respiro… y, mientras, la crónica de una vida que parece que empieza a vislumbrar el polvo de la frenada. Este último año, ya sabéis, ha sido extremadamente movido y lleno de cambios… pues ahí va la crónica del último, que no exento de los habituales preámbulos.
Cuando en 1997 empecé a impartir cursos de comunicación, inteligencia emocional, liderazgo y demás, lo hice movida —también— por la vocación de servicio, por aquello de aportar ni que fuera un diminuto granito de arena en la inmensa playa de la humanidad. Ya de pequeños nuestros padres nos hablaban mucho del espíritu de servicio (esperit de servei) y encontré en el ejemplo de ella, madre, los más fuertes motivos para seguir su senda de entrega y atención a los demás. En todos estos años no he tenido más que alegrías y me he sentido apoyada, reconocida, respetada e incluso —y a mi pesar— admirada.
Ha sido duro, mucho, y muy gratificante. Me he sentido mil veces de otro planeta: cuando empecé a hablar de la inteligencia emocional y de resonancia mórfica (1997); cuando los de la escuela de Palo Alto (Paul Waztlavich y demás) empezaron a calar hondo (1998); cuando introduje el tema del “ego biológico” basándome en los estudios de Petra Stoërig (1999) y de A. de la Herrán; cuando descubrí a Rodolfo Llinás y a sus tunicados (2003); cuando añadí los universos cognitivos de Platón (2009)… Aquello que descubría, lo compartía de inmediato llena de entusiasmo. No puedo evitarlo: la vida siempre me ha fascinado y me he entregado a ella con pasión.
Recuerdo que hace unos años mi querido amigo Miguel me habló de un profesor suyo, muy bueno y distinto a todos, que a veces impartía la clase con un mandil y, desde entonces, la idea de llevar un delantal en clase se convirtió en uno de los objetivos a alcanzar… Entonces empezaron los cambios (buscados, of course): nos marchamos del pueblo (de montaña) a una finca completamente aislada. Transformamos la casa que teníamos en venta en algo parecido a un hostal. Enfermé. Vendemos la finca con mucho pesar. Volvemos al pueblo. Antonio busca trabajo y… nos sale una posibilidad que nunca antes habíamos contemplado a pesar de la gran cultura gastronómica que posee (como todo buen italiano que se precie): coger el traspaso de una tienda.
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Y como somos personas de decisiones rápidas, allí estamos, en Cal Recader, una pequeña botica de frutas, verduras y demás comestibles en un pequeño y hermoso pueblo de montaña. Antonio está feliz, y me encanta verlo así. La cultura italiana tiene mucho que ofrecernos a nivel gastronómico. Él creció allí, y se nota en sus platos y en su amor por la cocina.
Ahora me toca cambiar el chip de nuevo… En poco más de un año, he pasado de estar diseñando nuevos cursos para desarrollar habilidades adaptativas, a pensar en cómo montar una granja/escuela de permacultura y a, finalmente, estudiar los entresijos de una pequeña tienda de comestibles en un pequeño —aunque rodeado de una belleza exultante— pueblo de montaña.
Y descubres muchas cosas. Descubres, por ejemplo, que lo que tienes entre manos, a modo de salida laboral para tu marido, es lo que se llama una tienda de conveniencia: aquella a la que la gente va porque se ha olvidado de comprar algo en las grandes superficies o a las que van los más mayores o los que no tienen medio de transporte. Y te preguntas por qué, si nuestras frutas y verduras pueden competir perfectamente en calidad y precio con las de cualquier híper de esos… y descubres que falta todavía un eslabón entre pensar y hablar de comercio de proximidad y su puesta en práctica. Así que habrá que intentar atraer a gente más joven con mucha imaginación y buenas artes…
Habrá que aparcar por un tiempo el deseo de meterme de lleno en la historia que se está perfilando en mi cabeza. Habrá que esperar un poco más y seguir entrenando la paciencia…
Resulta curioso que a nuestra edad todavía podamos descubrir vocaciones que hasta ahora habían permanecido ocultas… y también resulta fascinante ver cumplido un deseo largamente acariciado:
¡Por fin podré lucir delantal ante el público!

 

Recuerdos y Aprendizajes

Hace unas semanas leía un magnífico post de Gabriel Ramírez Lozano, en el que, de forma muy bella y sutil, nos invitaba a mostrarnos sin tanto pudor, dándonos cuenta de que aquello que mostramos de nosotros mismos define nuestros límites con gran precisión, dibuja nuestra personalidad, aquello que los demás perciben de nosotros. Interesante su reflexión sobre cómo nos ocultamos tras máscaras, pseudónimos, bonitas frases escritas por otros…

Aquella noche, los hilos que entretejen la realidad se movieron transportándome a un momento de mi vida pasada: a la mañana del sábado del  25 de abril de 1992. Mi madre, de espaldas a mí, se estaba perfilando la raya de los ojos mirándose en el espejo que, cuando se maquillaba, colgaba en un gancho del balcón de la sala-comedor. De repente separó el lápiz negro del párpado, se quedó un rato en silencio, pensativa, y se dio la vuelta mirándome con la ceja levantada, como hacia siempre que quería enfatizar lo que iba a decir.

—No me ha gustado nada el artículo que has publicado en la revista. Me parece casi pornográfico. No es propio de ti, me has decepcionado.

Me esperaba muchas cosas, pero no esto (todavía sonrío al recordar la escena). Y lo que empezó de esta manera tan tajante y fría, se convirtió en una mañana increíble en la que hablamos mucho sobre la necesidad de escribir, de comunicar, de nosotras, la vida…

El artículo al que aludía había aparecido en una revista artístico-literaria (Romanços / Romances) que acabábamos de editar un grupo de intrépidos en Piera, en la luminosa comarca de la Anoia. “Autorretrat” (autoretrato, a modo de presentación) era un texto de prosa poética, en el que el narrador, en primera persona, era la hoja de papel en blanco y el personaje era yo. Es como una metáfora, le dije, en la que las caricias son el acto de escribir, la hoja en blanco describe lo que siente… Lo volvimos a leer juntas. Me miró con orgullo y me abrazó. M’agrada molt, ho fas molt bé.

El recuerdo tan vívido de este momento, entre los muchos que pasamos solas charlando, se ha visto reforzado con otro “presente” que ha acontecido justo cuando he abierto la página 29 de la revista (numero 0, año 1, jeje…): allí estaban las notas a lápiz que le escribí aquél día a mi madre para que entendiera lo que había querido transmitir. Ahora la tengo a la vista, justo a la derecha y allí está la X que hizo tachando la ilustración, diciéndome que era justo lo que la había confundido —¡bendita la punta de grafito que guiaron sus dedos, cuánta ternura y ganas de aprender en su mirada!—, y veo también el paréntesis que la encerró dentro de sí mientras le decía “¡olvídate de la ilustración!”.

Siempre me impulsó en las decisiones que tomé, incluso las que no alcanzaba a entender. Me decía “si tú crees en ello, adelante” con la misma complicidad que me preguntaba “¿tienes papel para liar?, si no te lo presto ¿eh?, aprovecha ahora que papá está durmiendo…”, guiñando el ojo, acercándote a ella, rompiendo barreras como podía y sabía.

Y así, como a mí, dedicaba su tiempo a cada uno de nosotros, uno por uno. Cuando la buscabas, allí estaba. Tuvo tiempo para que todos, sus diez hijos, tuviera bien nutrida su biblioteca de recuerdos… y no solo nosotros sino que también pudo hacerlo con algunos de sus nietos y con todos los que se cruzaban en su vida. Cada uno con su álbum particular, distinto al del resto, lleno de las sustancias, vivencias y experiencias que nos han hecho y nos seguirán haciendo.

Fue una mujer extraordinaria, cargada de contradicciones, como casi todos nosotros, entusiasta de la vida, muy alegre, aunque también muy dramática. Trabajadora incansable, luchadora tenaz y más si se trataba de causas nobles, sencilla, de fácil trato, humilde, consciente de sus carencias, y muy temerosa de la opinión y el juicio de los demás, lo que generaba en ella un efecto completamente contrario al habitual: se rebelaba ante las normas y ayudaba siempre que podía a los que más lo necesitaban.

MamaSe negaba a vestir como mandaban los cánones. “Si vistes gris, te comportas gris.” Y ella necesitaba destacar, diferenciarse del resto. Odiaba los trajes chaqueta azules con topos blancos, no quería ir como las mujeres de su época. Lucía escotes generosos, túnicas largas, pendientes enormes, más una hilera de piercings el cada oreja… Se peinaba el cabello con sumo cuidado, ahuecando por aquí, soltando un rizo rojo por allá, prendiendo un mechón con sus clips de abalorios. Era una diva. En ella todo era exagerado. Pura energía y pasión. Tenía la voz diamantina y había cambiado una prometedora carrera operística como soprano dramática por una vida de trabajo, sacrificio y entrega. Hizo que amáramos la música de calidad, y convirtió nuestra infancia en una fantasía musical en la que unos u otros estábamos siempre cantando, haciendo números corales mientras limpiábamos el baño, ante el espejo, o lavábamos los platos. Recordarla a ella es volver oír su voz tan bien timbrada y es oír, al unísono, su risa y todo lo que nos cantó y nos dijo.

Con ella aprendí, también, a aceptar. Cuando una se mantiene fiel al lema de “genio y figura hasta la sepultura”, tiene un envejecer doloroso y triste, por rebelde…

—Si fuera vestida y calzada de otra manera, me caería ¿me entiendes? —me comentó un día que la encontré, ya anciana, preparada para salir a comprar. Se refería a sus altas botas blancas de charol, con plataforma, cubriendo unos pantalones bombachos de seda y a una de sus túnicas largas. Asentí—. Vestida así me siento yo, me siento segura. De otra forma perdería el equilibrio que me hace ir erguida y pisando fuerte.

Y la acompañaba de bracito al “súper” sintiéndome orgullosa de una madre tan estrafalaria.

Los años te enseñan lo que ocurre: el espíritu y la mente, al contrario que nuestro físico, no envejecen nunca: le costaba envejecer. Al final de su largo deterioro, ella quería irse, pero decía que la “fuerza” no la dejaba y, para demostrárnoslo respiraba profundamente y lanzaba un “La” al aire que sostenía con dramatismo…

Dos días antes de morir me dijo que tenía miedo.

—¿De qué? —Le pregunté acariciándole el cabello— ¿De qué tienes miedo?

—De no encontrar a mis padres.

—¿Les has avisado? ¿Les has dicho que vas? —ella asintió— Pues entonces tranquila, no temas nada, te están esperando.

—¿Seguro? —¡Cuánto echo de menos sus preguntas! — Seguro —Respondí sin dejar de sonreír y ella cerró los ojos agradecida.

El otro día explicaba en facebook con motivo del aniversario de su último día, que éste —ella ya en coma— había transcurrido, como no podía ser de otra manera, rodeada de todos nosotros y el ambiente lleno de canciones y flores.

Hoy, desde el blog, mi pequeño tributo con el más profundo de los sentimientos, a la que fue y sigue siendo sin ninguna duda uno de los mayores puntales de mi vida. Un ejemplo a seguir.

Mysteries of Love, fue el último tema que le canté al oído. Va por ti, amada, y por todos los que creemos, todavía, en los misterios del amor…

Regresando

Así, en gerundio, evocando un tiempo floreado, primaveral, danzando aromas verdes en el aire… ¡Ah, que no es geranio, mamma mia, cuánto echo de menos estos olores!

Pues de esta manera voy y estoy. Viniendo, regresando poco a poco. Intentando situarme en la realidad presente una de las posibles, y confiando en que pronto puedan volver a fluir un poco de creatividad e ingenio. Mucho tiempo sin escribir (demasiados traslados y ocupaciones de por medio) y muchas ganas de hacer algo que me llene. Tiempo al tiempo.

Hace unos pocos días me decían que era afortunada. Es cierto, lo soy. Y así empecé el año, agradeciendo (y deseando que sea un poco más tranquilo que el anterior). Dando las gracias a todo y a todos: a lo ocurrido a lo largo de 2013, a cómo hemos resuelto cada uno de los embrollos creados, al entorno, a la tierra, generosa como solo ella sabe, a las enseñanzas y a cada uno de los maestros y maestras, descubiertos tambiénen el tomillo, las rocas y los caminos… a la magnifica respuesta y acogida de nuestros convecinos (¡tanto, tanto cariño!), a la ilusión reflejada en tantos rostros, a la ayuda recibida, a la comprensión, aceptación, respeto… a la belleza que voy encontrando… así, todavía en gerundio, porque sigo creando esa, mi historia… amando el instante, saboreándolo como he aprendido a hacerlo, callada, en silencio.

ImagenNo puedo decir que haya vencido la nostalgia, ni mucho menos. Fui poseída por un lugar. La tierra me tomó. Soñaba aventuras con lobos blancos y la encontré. A ella. A Zury. Grande, poderosa, color nieve, necesitada de libertad, cariño, cuidados y respeto. Anhelaba soledad y allí estaba: tras las puertas al paraíso, escondida entre árboles, en las faldas de una hermosísima serrana. Quería conocer las estrellas y me encontré inmersa en la Vía Láctea. El cielo más increíble, por límpido, casi exultante, el silencio más profundo…

¿Proyectos para 2014? A ver si este año consigo escribir con cierta regularidad, sin sobresaltos ni interrupciones de esas que te apartan durante largo tiempo. Curioso: desde los 8 hasta los 22 años escribiendo como una posesa. La maternidad y la lucha por la supervivencia me alejaron del oficio de juntar palabras hasta los treinta y pocos, cuando después de la explosión nos trasladamos a Piera, en el campo. Allí retomé la escritura con más fuerza, animada por mi primo y su amigo Roberto Bolaño un lector cero de honor al que nunca llegué a conocer: más agradecimientos y me dediqué a dar forma a unos cuantos relatos, cuentos… y locuras varias. Luego, recién cumplidos los cuarenta, otro giro de la vida me hizo abandonar la fantasía, publicar mi primer libro, “Alcanzar la Esencia” (una cosa rara que a lo mejor algún día rehago por completo), y volcarme de lleno en la elaboración de manuales, al estilo ensayístico y a publicar artículos en revistas… así, hasta hoy.

Pues eso, con muchas ganas de escribir algo fantasioso donde pueda también plasmar una serie de ideas que me rondan desde hace tiempo (puede que necesite ayuda para este proyecto). Ya veremos, primero habrá que darle forma… y, lo más importante, seguir regresando, pues volví para quedarme.

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